You are hereVevi y la tienda de recuerdos.
Vevi y la tienda de recuerdos.
Narra el fantástico viaje de la
brujita Verónica, al mundo Metropia, donde nadie conoce otra cosa que no sea la
vida urbana, pronto ella descubrirá la verdadera misión de su visita..
Un cuento de Julio Peñarrieta
El absoluto silencio de la casa mantenía el tiempo
suspendido, como si los segundos, los minutos y las horas no existieran. Incluso
la luz del sol parecía estática al atravesar el cristal multicolor de los
numerosos vitrales que tenían por ventanas, formando un intrincado y agradable
diseño de rojos, azules y verdes en el lustroso suelo de madera.
En medio de esa extraña atmósfera Maldolor, el demonio, aguardaba pacientemente dentro del espejo que lo tenía como prisión.
Mientras flotaba en aquel silencioso nimbo, acariciaba con la yema de sus
dedos el frío cristal que lo separa del mundo real, sabía que pronto su
carcelera y protegida llegaría.
Maldolor miraba con paciencia todos los
detalles de la habitación que estaba fuera de su espejo, memorizaba los pliegues
de las gruesas cortinas celestes de bordes dorados, contaba cada punto de la
alfombra persa de diseños geométricos; incluso memorizaba la distribución de los
perfumes, lápices y demás utensilios que habían en la mesa de noche, a lado de
la gran cama victoriana de tules rosas y sábanas blancas.
De pronto el silencio fue roto por un portazo, que retumbó las antiguas paredes de madera, unos pasos apresurados recorrieron la primera planta, los cuales se convirtieron en fuertes pisotones en la escalera, finalmente una mano impresa de fuerza giró la cerradura de la habitación donde se encontraba él.
- ¡Estoy harta! – Gritó Verónica mientras arrojaba descuidadamente su cartera al suelo y de un salto se recostaba con fuerza en la cama, boca abajo, como si quisiera ahogar allí el pesado día que había tenido.- ¡MALDO! - Vociferó cerca del espejo donde esperaba el demonio.
- ¿Si Vevi? – Respondió Maldolor con ese tono de voz tan calmado que siempre lo caracterizaba.
- ¡Estoy harta! Ya me cansé de estar aparentando ser una muchacha normal, no soporto todas las estupideces de mis compañeras, ni la pedantería de los maestros ¡Uffff! Simplemente estoy harta.
- Bueno... tu fuiste la que escogió intentar vivir como los mortales, así que acostúmbrate.- Respondió mientras acercaba su rostro al cristal, flotando en medio del reflejo.
- Es cierto, no entiendo como ellos no se cansan de su aburrida existencia; por suerte te tengo a ti Maldo.- Dijo mirándolo maliciosamente. – Voy a sacarte de allí, para que me lleves a un viaje.
- ¿Vas a usar el poder casi infinito de un demonio de mi categoría solo para satisfacer tu capricho? Sabes que...
- Que noventa y nueve brujas poderosas lograron armar los diez sellos que te mantienen atado al espejo, y que debería estar agradecida de que te asignaran como mi guardián.- Completó interrumpiéndolo. – Así que recuerda quién es tu ama y complace mi voluntad ¿O quieres que te saque para limpiar la casa de nuevo?
- Parece que no tengo otra opción ¿A dónde desea ir mi señora?
- Llévame a un sitio donde pueda vivir algo diferente, a otra época, al pasado ¡O al futuro! No sé, llévame a un lugar donde pueda quedarme con un bonito recuerdo...
- Un bonito recuerdo... creo que sé a donde debo llevarte... – dijo con una amplia sonrisa.
- Sip, pero el lugar debe gustarme o cambiaré tu espejo al ropero de limpieza. – Argumentó mientras se acercaba.
Verónica puso su mano en el espejo, cerró sus ojos, tocó su pecho y comenzó a recitar solemnemente una oración en el lenguaje olvidado de las brujas. La habitación se oscureció totalmente a pesar de ser media tarde, tanto las paredes como el piso se llenaron tramados luminosos, los cuales fueron dibujándose mientras ella terminaba de recitar el conjuro.
Finalmente ella abrió los ojos de golpe, y retirando su mano, la habitación volvió a llenarse del día, pero el espejo había perdido su consistencia sólida, ahora era acuoso, líquido, no reflejaba nada, solo un extraño espectro de figuras oscuras. Maldolor comenzó a atravesarlo, poco a poco su cuerpo salio del espejo, llenó de aire su pecho, y sintió el dulce aroma del perfume de su ama, sonrió sin querer.
- Bueno, no tengo todo el día.- Dijo Verónica mientras lo miraba impaciente.
Maldolor la observó con cuidado, él medía cerca de dos
metros, su pequeña protegida apenas llegaba al metro sesenta, pero eso no
evitaba que ella lo mirara con la superioridad con la que el patrón mira al
peón. Obediente puso uno de sus dedos en el espejo y la tonalidad del mismo
cambió, tornándose en un espectro de violetas y azules, pronto se formó la
imagen de una ciudad llena de casas góticas con grandes cúpulas, numerosas
carrozas pasaban en la calle empedrada.
¿Es ese el pasado? – Preguntó llena de curiosidad.
- No, no es el pasado ni es el futuro, es uno de los numerosos planos que existen en este universo, esta es Metropia, la ciudad sin fin.
- Explícame eso...
- Lo haré cuando estemos adentro, no puedo mantener la brecha por mucho tiempo.
Verónica le tomó la mano, y ambos saltaron hacía su destino.
Al abrir sus ojos se encontraban en medio de una transitada avenida, ella
tenía puesto un glamoroso vestido celeste, con incontables bordados de flores y
aves cubriendo su pecho, el resto estaba recubierto con blondas y encajes, tenía
además una sombrilla en la mano.
Maldolor seguía con su atuendo de siempre,
una blanca camisa simple de mangas largas, y un par de pantalones negro noche,
realmente su imagen discordaba mucho del ambiente donde caminaban.
- Bueno, debo admitir que siempre tienes buen gusto para disfrazarme, aunque me gustaría poder decir lo mismo de ti. – Comentó mientras lo analizaba
- Debo parecer tu sirviente, así que no veo la utilidad de cambiarme. – Respondió sin inmutarse
- Bueno ¿Ahora a donde debemos ir? – Preguntó mientras ojeaba con curiosidad todo el lugar.
- Metropia es la ciudad mundo, en este lugar no existen los bosques, ni desiertos, ni abismos, todo es una gran ciudad, incluso el interior de las alcantarillas tiene residencias completas, las montañas están repletas de casas por dentro y por fuera, los ríos fueron convertidos en acueductos y canales de riego.
- Eso suena como un gran logro de la ciencia aquí. – Comentó Verónica observando con cuidado el alrededor.
- Quizá ¿Pero te imaginas vivir en un mundo donde no existe una playa a la cual ir a veranear?¿No tienes un parque en el cual pasear en los días de primavera?¿Donde no hay lagos ni ríos en los cuales puedas relajarte?
- Si lo dices de esa forma ya no suena tan bien.
- Es por eso que decidí traerte aquí, es un lugar interesante como pediste, pero no vinimos aquí a hacer turismo, estamos para trabajar.
- ¡¿Perdón?! – Dijo ella abriendo sus enormes ojos café.
- No te asustes, te va a gustar, vamos a poner una tiendita de recuerdos. Confía en el viejo Maldo.
Ella asintió, tenía mucha curiosidad así que tomando del brazo a su demonio guardián comenzó a caminar por la transitada calle, mientras jugaba con sus gráciles dedos a darle vueltas a su sombrilla.
Mientras se dirigían a su destino, Maldolor le fue explicando que Metropia a pesar de ser una ciudad totalmente dominada por la economía y el comercio, también era una ciudad llena de magia, donde la ciencia, la tecnología y la hechicería habían progresado a la par, sin opacarse la una a la otra.
Vevi estaba maravillada mientras veía la exquisita arquitectura gótica de las construcciones, hasta la más simple de las casas estaba primorosamente diseñada para acompañar la estética del resto, podía además notar que este mundo no lo habitaban sólo seres humanos, observó una gran variedad de seres “mágicos” que lucían tan urbanizados que ella tuvo que contener la risa.
En una esquina se encontraba un trasgo regateando el precio de unos extraños tubérculos a un elfo, mientras dos gnomos se las arreglaban como podían para embalar un pesado armario que un orco finamente vestido acababa de comprar.
Estaba tan distraída que no se percató que su demonio había detenido el paso frente a una casita de color ocre y tejado del mismo tono, era del todo rara, porque desentonaba totalmente con el resto.
Maldolor tocó tres veces la puerta y le dio una sonrisa a su ama, Vevi escuchó un gran alboroto al interior, como si alguien apresurado ordenara.
Finalmente abrieron, un enanito de ojitos naranjas salió a recibirlos, tenía un delantal de cocina y estaba cubierto de harina, tenía un gran sombrero blanco de chef una mallita que le sujetaba el cabello de la barba rojo escarlata.
- ¡Maldolor! – Dijo emocionado mientras abría los brazos y daba un alegre salto.
- ¡Namyam! – Contestó el demonio mientras, soltando cuidadosamente a su ama, atrapaba en el aire al enanito tal si fuera un juguete.
- ¡Ajam! – Carraspeo Vevi mientras miraba algo sorprendida al par.
- ¡Oh perdón, que modales! Namyam, ella es mi ama, Verónica Villalobos. – dijo respetuosamente mientras depositaba al pequeño en el suelo.
- ¡Encantado! – Respondió mientras tomaba con delicadeza la mano de la jovencita y le daba un beso en el dorso.
- ¡Qué galante! El gusto es mío. – Dijo Vevi mientras sonreía de manera adorable.
- Vevi, éste es Namyam, mi hermano menor. – Presentó Maldo mientras señalaba al enanito.
- ¡¿Hermano?! – Reaccionó sorprendida – ¿Pueden los demonios tener hermanos? – Preguntó consternada.
- Claro que pueden, no de la manera en la que los humanos consideran a los hermanos, pero pueden. – Aseguró Namyam mientras daba una gran sonrisa. – Bueno deben estar cansados por el viaje. Pasen por favor a mi humilde morada.
Verónica volvió a tomar el brazo de su acompañante, y aun con su rostro de sorpresa pasaron en la extraña casita. Al entrar ella apenas y pudo contener el asombro en su rostro, puesto que la aparente pequeña vivienda en realidad era una inmensa mansión por dentro, estaba decorada con motivos surrealistas, pintada en tonos naranja y celeste pastel. Había numerosos cuadros y esculturas abstractas. Namyam les señalo un mueble que parecía un sofá, pero estaba confeccionado en ángulos matemáticamente imposibles, era convexo, pero a su vez cóncavo.
Al sentarse Vevi notó que la casa no estaba decorada de forma surrealista, sino que en verdad se encontraba dentro de un ambiente totalmente incompresible, le costó distinguir cual era el techo, si estaban sentados en el suelo o en una pared, si estaban inclinados o totalmente de cabeza. Sintiéndose mareada sujetó fuertemente el brazo de Maldo y se aferró al mueble asustada.
- No se asuste señorita. – Dijo Namyam mientras se acercaba con una bandeja llena de biscochos recién horneados, tres vasos y dos jarras, una contenía leche y la otra un brebaje espumoso y oscuro.
- ¿Tú espejo es igual de raro por dentro?
- En verdad no, es una prisión, no mi casa. – Respondió Maldolor algo triste.
- ¿Prisionero? – Preguntó mientras dejaba la bandeja en una mesita que estaba al mismo tiempo al frente y detrás de ellos. – Sírvanse los acabo de hacer.
- Gracias. – Dijo Vevi mientras tomaba uno de los biscochos, sin decidirse en llevarlo o no a su boca.
- Si, hace buen tiempo me aprisionaron, pero no me quejo, ella es mi ama y señora, mi protegida y estoy bastante feliz a su lado. – Respondió con una sincera sonrisa.
- Bueno, cada quien con su tema, pero dime hermano mayor ¿Qué te trae por estos lares? Porque tú no sueles visitar de buenas a primeras... – Comentó mientras devoraba con satisfacción uno de los bocaditos.
- Verás, he venido aquí a poner un pequeño negocio, algo temporal, como una excusa para tomar vacaciones con mi ama y quería saber si podías conseguirnos un local que nos sirva de tienda y vivienda a la vez, nada grande, queremos algo modesto, discreto y cómodo. – Afirmó mientras tomaba de golpe un vaso que contenía el extraño líquido oscuro.
- Tengo lo que necesitas hermano mayor. – Dijo mientras tomaba de golpe la misma bebida que Maldo. – Está cerca de aquí, en el distrito comercial de los volkadianos, son gente muy sincera y muy buenos comerciantes; hay un rinconcito allí donde pueden acomodarse el tiempo que deseen, yo soy el propietario.
- Muchas gracias, y dime ¿Cómo te va con la pastelería?
- Bastante bien, paso todo el día atendiendo los pedidos que tengo, suerte que para nosotros el tiempo se mide de forma diferente al resto, o jamás podría darme abasto solo, y como podrás ver, no puedo tener ayudantes en un lugar así.
- Eso es muy cierto, siempre fuiste el mejor cocinero que he conocido, claro, Vevi también cocina muy bien, hace excelentes dulces... – Dijo mientras la miraba con cariño.
- ¿En serio? – Dijo alegre Namyam, levantando una de sus rojas cejas y poniendo una fingida cara de asombro. – Bueno sería un honor que me de su sincera opinión sobre mis dotes culinarias.
- Este... Maldo... – Verónica aún no se acostumbraba del todo al extraño ambiente donde se encontraba y tenía miedo probar el apetitoso bocado que aún estaba entre sus dedos.
- Vamos, no seas tímida... – Respondió Maldolor en tono paternal.
- Está bien. – Vevi se sirvió un poco de leche, la bebió para darse valor, cerrando los ojos dio un pequeño bocado, sintió que la masa se fundía al contacto de su lengua, soltando una gama de sabores del todo agradables y fantásticos. Sabía a música suave, a día tibio de primavera, a poema romántico. Sabía a celeste y amarillo, y a risa de niños.
- Por el rostro que ha puesto supongo que le gustó. – Se aventuró a comentar Maldo
- Esto es exquisito. – Dijo Vevi mientras ávida terminaba el bizcocho y se apresuraba en tomar otro.
- Me halaga señorita, bueno terminemos esto rápido, que tengo bastante trabajo pendiente y ustedes deben desear instalarse cuanto antes. – Sentenció mientras tomaba otro vaso lleno del líquido que no era leche, al mismo tiempo que Maldo lleno de gusto hacía lo mismo.
- ¿Qué es eso que toman? – Preguntó Vevi llena de curiosidad mientras comía su cuarto panecillo.
- Ron con chocolate.- Dijo Namyam mientras se servía un vaso más y su hermano lo imitaba.
- Bodachos... – Comentó ella mientras bebía la leche y seguía comiendo.
Al salir por la puerta la joven dio un suspiro al sentir el suelo firme y horizontal en sus pies, Maldolor le sujetaba la sombrilla y Namyam, sin delantal ni redecilla, cerraba la puerta de su casa. El día era cálido y alegre, la calle bullía en vida y el trío conversaba alegremente mientras el pequeño demonio los guiaba, Vevi no acababa de maravillarse con lo hermoso de la ciudad, mientras los dos hermanos conversaban en lengua demoníaca y al parecer se contaban anécdotas, puesto que no paraban de reír.
Al fin llegaron a una calle que desembocaba en una plaza ovalada, todas las casas y edificios estaban pintados en tonos verdes y amarillos. Se detuvieron en la sexta casa, la cual tenía una gran puerta de forma ovalada, ventanas en forma de cruz y dos garfios donde colgar un letrero.
Maldolor abrió la puerta y ante ellos se reveló una acogedora salita con un gran mostrador al fondo, había una serie de hermosas sillas labradas en madera alrededor de una mesa redonda de patas cortas, las paredes estaban adornadas con pinturas y el techo estaba bastante alto, de donde colgaba un gran candelabro de cristal.
Vevi asomó su cabecita a la tienda y de un salto ingresó, dando alegres pasos recorrió la salita y se puso detrás del mostrador, abrió sus alegres y preciosos ojos café y dijo en voz alta.
- Bueno esta bien para vender café, así que puede funcionar para vender recuerdos ¿No te parece Maldo?
- Tienes razón, empezaré a preparar todo.
- ¿Pero donde vamos a dormir? – Preguntó ella mientras levantaba la ceja izquierda de manera inquisidora.
- Allí – Dijo señalando una puerta semi oculta entre el mostrador y la pared.
Ella abrió la puerta, vio una pequeña habitación, donde había una camita redonda, una mesita de noche y un roperito; entró y se recostó de golpe, sintiendo la suavidad del colchón se dijo a si misma que estaba bien.
Al salir observó que su guardián había abierto un pequeño portal en medio de la sala, sacaba una serie de frascos y los depositaba en la mesa circular. Los había de todas las formas y colores.
- Maldo, sé que no soy la mejor bruja del mundo ¿Pero como voy a vender recuerdos? – Preguntó mientras jugaba con un frasquito color rosa.
- Es bastante fácil, yo prepararé un catalizador para que puedas transmitir tus recuerdos a los clientes, serás la artista que los componga.
- ¡Entonces serán recuerdos inventados!
- No mi linda, serán recuerdos que armarás en base a los tuyos, no olvides que estas personas nunca han visto un lago natural, caminado en un bosque o sentido el mar en sus pies.
- Ya veo... ¿Pero puedes hacer que las personas que ellos quieren que estén incluidas en el recuerdo también lo tengan? Así sería más real.
- Claro que puedo, no lo recordarán bien, será borroso, pero si tendrán aunque sea un fragmento.
- ¡Bien! Manos a la obra.
Una vez que estuvo todo listo, Maldolor colgó el bonito letrero de madera que había hecho en los dos garfios que estaban sobre la puerta. “La tiendita de recuerdos de Vevi”, decía, ella al verlo aguantó la risa.
Entraron y ella se puso a cocinar galletitas, para los clientes que llegarían. Mientras Maldolor sacó su viejo violín y comenzó a tocarlo para llamar la atención.
Los transeúntes se sintieron atraídos por la encantadora música del demonio y fueron acercándose a la tiendita, más de uno leyó consternado el letrero de la puerta. Finalmente un señor elegantemente vestido preguntó sobre que vendían con exactitud.
- Vendemos recuerdos, recuperamos recuerdos, desaparecemos recuerdos también, por el precio adecuado claro está. – Respondió Maldolor muy calmado.
- No puede venderse un recuerdo, eso es imposible, usted está tratando de estafarme. – Respondió el hombre algo ofuscado.
- Claro que es posible, y si usted lo desea, podemos demostrárselo. – Contestó el demonio dando una sonrisa confiada.
El cliente aceptó y lo invitó a sentarse frente al mostrador, Vevi nerviosa buscaba el frasco correcto; Maldo se le acercó y tomando sus pequeñas manos entre las suyas y mirándola a los ojos le dijo.
- No te preocupes, eres la más talentosa, solo haz lo que mejor sabes hacer: MAGIA.
- Toca para mi mientras lo atiendo ¿Por favor?
- Lo que usted desee, Mi Señora.
La joven bruja se puso frente al hombre, y abrió el frasco, no hizo ninguna
pregunta, y esperó a que el suave violín de su demonio sonara con esa música tan
única.
Se escuchaba como si fuera un arrollo suave, las notas imitaban la
sonrisa de los niños y el calor del sol en primavera, fue así como ella tejió en
la mente del señor un cálido recuerdo, unas vacaciones con su familia, a las
orillas de un lago en las montañas, comida al aire libre, la caricia de la voz
de su esposa y el inmenso amor que sus hijas sentían por él.
él era un
importante comerciante, jamás dejaba los negocios y por ello pasaba muy poco
tiempo en casa; al terminar sus ojos estaban llenos de lágrimas por la felicidad
y la emoción, abrazó a la brujita con toda la sinceridad y agradecimiento que
pudo su corazón.
- Es hermoso. – Dijo mientras intentaba calmarse y secarse las lágrimas. – Dígame por favor cuanto es lo que le debo. – Acto seguido sacó su bolsillo un fajo de dinero.
- Bueno. – Dijo Vevi mientras sonreía por la satisfacción del trabajo bien hecho. – Págueme lo que usted cree que vale, no más, no menos, lo que su corazón diga.
- Ya veo. – pensó un momento, entonces del gran montón de dinero, saco tres billetes. – Para usted. – y para sorpresa de ella, guardó los billetes que había separado y le entregó todo el resto.
- Gracias. – Dijo ella algo sorprendida. – Y no olvide, el recuerdo es totalmente verídico, incluso su familia lo tiene en la mente, no tan claro como el suyo, pero si hacen un poco de esfuerzo podrán evocarlo.
El cliente le dio las gracias y salió sintiéndose renovado. Así poco a poco
empezó a llegar más y más gente, al principio por curiosidad, pidieron recuerdos
dulces con sabor a caramelo, recuerdos con sabor a infancia feliz, recuerdos
armoniosos e hipnotizadores como la música que tocaba Maldolor.
La tiendita
se convirtió en un lugar muy visitado y al cabo del primer mes, la gente pedía
con días de anticipación una cita con la joven bruja que practicaba la magia tan
especial de hacer feliz a los demás.
El negocio iba bien, Vevi se sentía feliz de poder ayudar, sin embargo, su demonio se notaba algo incómodo. Las personas habían empezado a depender mucho de los recuerdos de su ama, al cabo del día terminaba exhausta, aunque satisfecha.
- Pienso que ya hemos hecho suficiente aquí. – Dijo Maldo la mañana de la segunda semana del segundo mes. – Creo que deberíamos irnos.
- ¿Esta reacción es consecuencia de...? – Respondió ella mirándolo extrañada.
- Vevi, ya ha sido suficiente tiempo, saliste de tu rutina, tuviste el viaje que deseaste, no veo motivo para seguir aquí.
- Vamos, no seas gruñón, me gusta estar aquí, me siento bastante útil. – Sonriente comentó.
- Creo que no te das cuenta. – Se acercó y la tomó por el hombro. – Te estás
desgastando mucho, además tengo la sospecha de que les estás haciendo un gran
daño ¿No te das cuenta? Puedo sentir que desde que empezamos esto, las personas
de aquí están dependiendo de tus recuerdos ¿Cómo encontrar algo semejante en
este mundo? Aquí todo es concreto y más concreto, la ciudad no tiene ningún
lugar parecido a los que tú recuerdas, no tiene la belleza de la
naturaleza.
Los habitantes están dejando de hacer cosas bonitas ¿Para qué perder el tiempo, si pueden venir y comprar el recuerdo? ¿Para que pasar tiempo con la familia, hacer una fiesta, enamorarse incluso? si pueden pagarte y tú le darás algo mejor que la realidad... - Quizá tienes razón. – Dijo ella pensativa.
Algo triste, salió y le dijo a las personas que esperaban desde temprano en la puerta que ya no atenderían a nadie más y que se irían de la ciudad. Las personas bastante decepcionadas respetaron su decisión, Metropia esta llena de comerciantes, y si existe algo que ellos respeten son las decisiones de negocios.
- Me da pena dejarlos así, quisiera poder borrar todos sus malos recuerdos... – Comentó Vevi en voz alta.
- No, eso no es bueno, porque son los malos recuerdos los que nos hacen seguir luchando, son esas malas pasadas las que nos mantienen vivos, las que nos recuerdan que debemos salir adelante y que siempre habrá algo mejor.
- Pero de todas maneras no me siento bien yéndome así.
- ¿Quieres que haga algo para darles a ellos un bonito recuerdo?
Vevi asintió con una gran sonrisa, Maldolor salió de la tienda y recitando una pequeña oración tocó con la punta de sus dedos el suelo.
- Está listo, podemos irnos. – Dijo con una sonrisa cómplice.
- Confiaré en tu palabra. – Respondió tomándolo del brazo.
Abrieron un portal y se fueron tranquilos de Metropia.
El sol amaneció en
la ciudad mundo, y cada uno de sus pobladores recibió una extraña sorpresa, la
ciudad estaba convertida en un inmenso jardín, los árboles crecían en las
veredas y salían por las ventanas de los edificios deshabitados, los grandes
canales de riego tenían un aspecto más natural, incluso el cielo cambió de su
usual gris a un celeste ensueño.
Nadie comprendió el cambio, y al cabo de
unos meses nadie recordaría la tiendita de recuerdos, pero Metropia ya no volvió
a ser el mismo nunca más.