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Siempre está allí
Misterioso relato en el cual la protagonista espera a su admirador secreto de toda la vida. Julio Peñarrieta nos trae un mágico y novedodos cuento muy a su estilo.
Un cuento de Julio Peñarrieta
El sol comenzaba a ponerse, su ensayado destello de colores rojizos invadió su habitación, dándole ese aspecto tan mágico que siempre había disfrutado. Elizabeth miró por la ventana al astro moribundo zambulléndose en el mar que tenía frente a su departamento, ubicado en el décimo piso del edificio.
Asomó su angulado rostro a la ventana; la brisa salada del mar cercano hizo bailar su largo y ondulado cabello, dejando en sus delgados y rosas labios un beso de sabor acre.
Sin saber cómo, sentía que pronto llegaría el momento, hoy lo conocería, por fin, después de tantos, tantos años de leer sus mensajes, hoy conocería a aquel hombre que estuvo siempre con ella.
Ya no era la muchachita egocéntrica que él conoció una vez, habían pasado ya 10 años desde el primer mensaje, aquel pequeño pedazo de papel que encontró en su diario, que tenía simplemente una palabra: “Hola”.
Elizabeth ahora era una exitosa abogada, una mujer de mundo, madura, misteriosa, refinada, pero muy dentro de su ser sabía que todo se lo debía a él.
Siempre estuvo allí, o por lo menos sus mensajes siempre estuvieron, una hoja de papel, un correo electrónico, un susurro en el aire, un timbrazo de teléfono, nunca faltó un indicio, una señal, algo que le haga recordar que él estaba allí, cuidándola.
Cuando su madre agonizaba él se ausentó, pero justo la noche de su muerte encontró un papel a lado de su almohada que tenía la oración: “Ella está en un lugar mejor, no te preocupes, está muy orgullosa de ti”. Si bien fue un golpe intenso en su joven alma, su apoyo y sus palabras de ánimo nunca la dejaron caer.
Él también estaba en aquellas ocasiones triviales, como cuando le hizo recordar mediante un mensaje a su celular que “debía cortarse el ondulado cabello señorita”; o aquella nota en el espejo del baño que se dibujaba en el vapor de la ducha “Ponte el vestido negro, le gustará”.
Esto nunca la asustó y tampoco nunca le comentó a nadie sobre él; si bien al inicio la curiosidad la invadió, como a todo ser humano, con el paso del primer año sus intentos por descubrirlo cesaron, y con el segundo se convirtió en algo ya tan natural que cuando dejaba de tener noticias suyas se preocupaba.
Sí, muchas cosas habían pasado entre ellos, incluso conversaban a veces, ella dejaba un mensaje en una hoja de papel con su bonita y femenina caligrafía, llena de hermosas curvas. luego encontraba escrita la respuesta en una letra tipo imprenta, algo mal dibujada pero legible, fue así como ella supo que su mensajero era un hombre, o por lo menos del sexo masculino, y en raras ocasiones conversaban por teléfono, él la llamaba desde quien sabe donde, conversaban sobre como iban las cosas, con la misma naturalidad con la que se trata a un viejo y querido amigo.
Él siempre sabía todo, que exámenes tenía, quien le gustaba, incluso que estaba pensando. Su voz era algo fuera de lo común, era suave, amable, como la de un niño pero con la sabiduría y la firmeza de un adulto.
Elizabeth se recostó en el sofá azul que él le aconsejó que comprara ya que combinaría perfectamente con el decorado su nuevo departamento, claro que él nunca vio el papel tapiz que adornaba las paredes, pero como siempre tenía razón y aquel mueble armonizaba perfectamente con todo.
Ella lo puso frente al balcón en dirección al mar, puesto que el susurrar de las olas al morir le hacía recordar esa amable y extraña voz que él poseía.
También había otro fuerte motivo para poner al sofá allí, ella siempre pensó en él como el mar, ambos eran misteriosos, omnipresentes, hermosos y nadie sabe lo que ellos, en su profundidad, ocultan.
Miró las estrellas aparecer de a pocos en la grisácea bóveda del cielo invernal, y como las olas bailaban bajo la luz de una tímida pero fulgurante luna pálida.
No era una noche especial, ningún mensaje la había citado, no sabía la hora, pero dentro de sus entrañas sabía que pronto él se haría presente.
¿Sería como ella siempre lo había imaginado? ¿Más alto que ella, delgado atlético, morocho? ¿Con ese gran par de ojos penetrantes y seductores?
Nunca supo porqué ella siempre lo había pensado así, él nunca dijo o escribió nada sobre sí mismo, pero ella sentía que esa debía ser su apariencia.
Tomó un vaso y lo llenó con vino borgoña, lo puso en sus labios, sintió el aroma dulzón del líquido y comenzó a beberlo lentamente. Su mente trataba de descifrar los enigmas de sus propios sentimientos cuando algo asaltó sus pensamientos ¿Estaba enamorada de él? ¿Qué sentía? ¿Por qué lo esperaba? Sus ojos color caramelo se llenaron de angustia, si bien siempre lo había considerado un amigo, un protector, estos últimos meses algo más había surgido en su corazón.
El aire de misterio que envolvía su relación se había tornado algo más íntimo, algo más corpóreo. Ya eran semanas en las que un amante invisible la asaltaba en sueños, nítidos y reales como la vida misma. Sentía caricias, besos y calores tan reales, e incluso mejores a los que había vivido jamás, la conocía perfectamente; no sólo en su alma, sino también en su cuerpo, conocía mejor que ella misma su propia sensibilidad.
Divagó un segundo y cerró sus ojos tratando de recordar con la piel y no con el cerebro, tratando de desentrañar el misterio de sus propias emociones mediante la catarsis de revivir uno de esos encuentros con aquel quimérico amante, con su mensajero idealizado.
De pronto su respiración se detuvo, y sintió esa descarga de adrenalina en las fosas nasales, como cuando el cuerpo mismo siente que algo va a ocurrir.
Su equipo de sonido se encendió y comenzó a resonar en la habitación los melodiosos acordes de “Samba pa’ ti” de Carlos Santana. Aquel suave punteo de guitarra disimuló perfectamente el sonido de la puerta corrediza el balcón al abrirse. Y las luces poco a poco comenzaron a perder intensidad hasta apagarse mientras un aire cálido muy incongruente con aquel clima invadió todo el departamento.
Elizabeth abrió sus ojos llenos de esperanza mientras soltaba el aire contenido en un mágico y musical suspiro que se ajustaba al bajo eléctrico de la música que sonaba en el ambiente.
Y lo vio, lo vio cobrar forma en medio de la puerta veneciana, como si la luz de la luna dibujara su figura en la oscuridad total donde se hallaban.
Era como siempre lo imaginó, quizá un poquito más bajo, pero estaba allí, su sueño había cobrado forma, había tomado un cuerpo, adquirido una piel para ella.
Su mente trató de recordar las palabras que tantas veces había repasado para este momento, trató de escoger una oración en la marejada de ideas que surgieron en su mente. Pero palabras no sonaron, ella se vio reflejada en esa profunda mirada llena de amor, la razón quedo callada, simplemente los cuerpos se acercaron y el lenguaje del deseo habló.
Todo su cuerpo y su alma se entregaron, no solamente a un acto físico, sino a una sublime coreografía que sólo pudo ser orquestada por el amor verdadero. Nadie dijo nada, el suave respiro de los amantes se escuchaba mientras las caricias fluyeron como fluyen los ríos en el mar.
Es inútil describir la perfección que ella sentía, aquellos labios acariciando los suyos, esas manos que sabían explorarla con la suavidad y firmeza adecuada, esa sensación de complemento total que jamás había sentido.
Aquel precioso y brillante ritual de amor que pasó del balcón al sofá azul, de allí a la alfombra y finalmente en su alcoba donde él supo explotar cada punto de su piel, descubriendo sensaciones nunca antes experimentadas y llegando a la cúspide cuando con suaves y armoniosos embates comenzó a fundirse dentro de ella.
Ella comprendió todo en ese momento, él era su alma gemela, a la que estaba destinada desde la creación del universo, pero por algún motivo, no tomó un cuerpo físico hasta ahora, el romance que les correspondía en esta vida no pudo darse. Pero eso no importaba pues él había pasado, por su amor, las barreras de lo material, acompañándola siempre y ahora había desafiado a las normas de la creación misma sólo para unirse con ella en un solo ente hecho de sus dos esencias, de su felicidad absoluta.
Elizabeth había muerto y renacido en un segundo, había experimentado aquel poético amor que todos los mortales sueñan, esa inalcanzable sensación que viviría una y otra vez con esas caricias, con esas manos.
Ella lo miró, y supo que el amor tenía el mismo color que esos profundos ojos, y que la felicidad tenía el sabor de esa piel.
Así ella continuó bailando aquella fascinante danza toda la noche, compartiéndose, amándolo; cambiando de rato en rato la posición y las locaciones, una noche muy corta para su alma pero muy desgastante para su cuerpo; de tal forma que sólo dijo una oración antes de quedarse dormida al amanecer, la misma oración que él dijo en otra vida “Seré para ti siempre...”
La luz del medio día la despertó, sentada en el sofá, ¿Fue un sueño? Pensó con ese aire de frustración que todos sentimos al ver rota nuestra ilusión; pero la puerta del balcón abierta, el desorden de las sillas, la cama destendida y la nota de papel a lado suyo le demostraron lo contrario.
Ella tomó el mensaje, sus ojos se llenaron de lágrimas y tristeza al leer esa única palabra “Adiós”. Entonces comprendió, aquel encuentro fue su despedida, pues con este amanecer él había tomado un cuerpo, había vuelto a nacer. Arrugó el papel con aquel amargo sabor de impotencia y desesperanza en la boca y por primera vez en toda su vida se sintió sola, desamparada, desprotegida en un mundo hostil y despiadado.
Su corazón sintió un vacío grande y doloroso, aquel insalvable abismo que deja el amor perdido.
Se asomó por el balcón, aquel inmenso mar le recordó lo grande que era este mundo, y secándose las lágrimas, le pidió al viento que llevara su mensaje “Te buscaré, no importa cuanto tarde, te encontraré”...
Décadas después, un joven atlético, delgado, moreno, con una penetrante mirada y una voz de niño inocente, pero firme como la de un adulto encontró una nota en su diario, una hoja de papel que tenía escrita una sola palabra.
Con una caligrafía muy bonita, llena de curvas hermosas un “Hola” lo saludaba...