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Paranoias

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By admin - Posted on 01 August 2006

para1Mi vida es una cuenta de regresiva de paranoias que parece que nunca podré salir de ella.

Un relato de Cristian Vergaray  Sandoval

5,4,3,2,1…¡Boom!. Terminó la hibernación. Mis ojos son dos pegotes acuosos y  mis cabellos están como alambres de púas. Trastabillo cayendo al fin de bruces en el pedregoso suelo. Alguien ha quitado los posters de las paredes de mi habitación. Al volverme imagino que mi cama destendida y revuelta es un servomecanismo de tortura.

para1¿Anatemas? ¿Peccata minuta?. No, nada de eso, tan sólo fue una pesadilla màs, pero qué diantres si yo no vivo en Elm Street. Cavilo a pierna tendida por unos segundos y voy recordando progresivamente cuando de pronto doy un vistazo preliminar al chiribitil con apariencia de  habitación. Observo lo mismo de siempre, sin embargo, hay algo diferente. ¿Qué podrá ser?. 

Aún están sobre la cómoda los polvorientos libros apilados en desorden, también el rascuache armario, platillo favorito de las termitas, en donde penden mis camisas anacrónicas y mis blue jeans y noto que siguen todavía adherido a la pared castigada por los avatares de la humedad el viejo reloj retrasado diez minutos como de costumbre, y ahora veo el antediluviano equipo de sonido imperial que mi padre me obsequió cuando cumplí 18 años.

¡Oh eso ya pasó hace mucho tiempo!. A veces, al pensar en el tiempo y su ineluctable transcurso provocan en mí un pánico inusitado, y de pronto, mi onicofagia me doblega y es cuando creo hallarme al borde la paranoia.

Los recuerdos se vislumbran como pictogramas en technicolor, la cabeza me da vueltas, y es cuando mi espíritu se conflagra, percibo una iluminación espontánea, estoy inspirado, puedo escribir lo que se me antoje. Con ese estilo ampuloso y sarcástico al cual hallo un placer insano, epigramático, así suele llamarlo la zagala a quien alguna vez dediqué algunas de mis líneas, en fin, no soy un escritor, quizás un escritorzuelo o de repente un diletante que se refocila narrando sus miserias.

No pretendo extraviarme de la ilación, así que, aún cautivo en mis recuerdos resuenan en mis oídos esas canoras voces y el estruendo de las guitarras eléctricas, la bebendurria que solazó nuestras azarosas almas la noche anterior, las soflamas al rock y a las mujeres, la tremolina adolescente pletórica en libertad absoluta. Cómo olvidar aquella canción de Europe, The Final Countdown, la misma que entonamos a todo pulmón con los papandujos de anoche.

Ahora mi reseca boca solicita con vesania el agua. ¡Cáspita! Del grifo no emanará ninguna gota, está en reparación, malcarado exclamo para mis adentros: “El mundo está en cuenta regresiva”. Para nadie es un secreto la depauperante degeneración del orbe, no se trata de bulas ni de comentarios alarmistas, no son conjeturas ni es chanza afirmar que no somos más que seres que engarbullan todo lo que está a su paso, denostamos a diestra y siniestra, pareciera que hemos firmado un pacto con Mefistófeles, nos sabemos megalómanos cuando en el fondo llevamos un parapoco reprimido en nuestras entrañas.

Tomamos, a la bartola, decisiones erróneas cuyas consecuencias son nefastas y deletéreas a nuestras deleznables vidas, vuestros rusientes corazones no lo podrán soportar más. Me incorporo de un salto y lanzo una risotada irònica a la nada, debo estar volviéndome loco, sì, seguramente debe ser eso, sólo espero que no sea otro denaveo nigromàntico o delirium tremens aplazados, a menudo quiero adoptar un carácter rìspido hacia el mundo pero al inspeccionar mi escuchimizado cuerpecillo frente al espejo rayado avizoro a un ser distinto cada mañana, quizás se trate de una ilusión óptica, o de repente es el efecto de la reverberación.

Estoy en interiores, es extraño, nadie ha llamado a la puerta, no escucho los aullidos de mi padre: ”¡A levantarse zangón!”. Oh sí, la cuenta regresiva, estoy envejeciendo, Hesse en uno de sus libros decía que desde que nacemos somos lanzados al torbellino del desarrollo o algo así, no lo recuerdo, no recuerdo en sí muchas cosas de los libros que leo, pero claro, tampoco soy un mecenas, eso me recuerda que debo comprar otro libro de Bukowski, sí, ese tío es un farraguista pero buen escritor.

“Debo ir a trabajar”- me digo , a la vez que me ausculto, puedo guipar las canas y las huellas de acné juvenil de hace algún tiempo, necesito cumquibus para comprar algunos discos y cigarrillos. No resta mucho tiempo, debo precaver la recidiva inoportuna de esta pandemia ecuménica, daré a la tarea de recoger los estrapalucios de la humanidad a emperifollados soñadores. Vestido y algo alborotado, engarrafo unas llaves y dejo atrás mi mundillo tras cerrarse la puerta para ruar por otros dioramas, todo sigue igual y distinto a la vez, recuerdo por último mis desvencijadas zapatillas y la oxidada bacinica debajo del velador.

Lima luce más gris que de costumbre, con sus ambulantes,  sus nocivos unidades de transporte, la cacaraña de sus perdularios ciudadanos, las perendecas de las esquinas, los belitres que ensalivan cual gavial al divisar a sus incautas víctimas, kafkianos yuppies, pintureros dandis de poca monta, los diarios sensacionalistas y sus starlets.

Para ellos también no les es ajena la cuenta regresiva. Más de uno podría decir: “¡Vade retro!” . ¡Bah!. Esas criaturas sí que tienen tilín eh, su fruslería es tan exorbitante que hasta estrábicos se tornan.

Paradójica y transgresoramente todo se mueve en cámara lenta, los días son llevaderos y aburridos para muchos, los intentos de comunicación bizantinos y con socapa, los catacaldos pululan por ahí y también los rescriptos  que nadie oye o en el peor de los casos nadie entiende.

Ahí voy yo, el amanuense aficionado, a la espera de la cuenta regresiva, resoplando y frunciendo el ceño, en plena búsqueda de la imperturbabilidad del ánimo, caminando por aquel ajarafe inhóspito donde hace algún tiempo atrás muchos hombres dejaron sus huellas y vivieron transidos también por la pluscuamperfecta cuenta regresiva.

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