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Moriré mañana
Acostumbrado a su estilo siniestro y sentimental, Julio, presenta una historia de amor, muerte y desgracia.
Un cuento de Julio Peñarrieta
Arte gráfico de Stefan Hendel
Se encontraba recostada boca abajo, aun dormida y sin tener intenciones de despertarse, la cama estaba tibia, incluso el aire era cálido. La puerta se encontraba abierta, pero nadie se atrevía a entrar, excepto ella, que como de costumbre llegó a la hora de siempre.
Caminó descalza, sin emitir sonidos, despacio y procurando no tocar nada con su largo hábito gris, el suelo estaba rodeado de cristales rotos del otrora espejo que adornó alguna vez la pared, y en cada uno de los pequeños fragmentos podía verse reflejada, como si miles copias suyas se arrastraran haciéndole compañía. Se detuvo frente a la cama y la observó como solo ella puede hacerlo. Sus grandes ojos blancos enmarcados en su rostro delgado y demacrado brillaban con ese fulgor ultraterreno que tanto nos asusta.
Sin hacer ruido se sentó a lado suyo, y estirando su gélida mano, acarició el rostro de la durmiente, despacio pasó el dorso de sus dedos por sus mejillas y posó la yema de su pulgar en su barbilla.
Jennifer abrió los ojos, con cuidado giró su cuerpo para encontrarla y con su acostumbrada tristeza saludó a la Muerte, que como todas las mañanas venía a despertarla.
- Buenos días. – Saludó Jennifer mirando sus grandes ojos blancos y vacíos.
- Buenos tardes querrás decir. – Corrigió la Muerte.
- No importa... ya nada importa... – Murmuró en un suspiro.
- ¿Hoy también morirás por él? . – Inquirió la Muerte.
- Al igual que todos los días... – Dijo mientras volvía a hundir su cabeza en la almohada
Los segundos pasaron lentamente, mientras ella deseaba con todas sus fuerzas que aquel espectro se fuera, que desapareciera de su vida, de la misma forma en la que aquel hombre desapareció de la suya, llevándose con él su alma, corazón e inocencia. Pero a diferencia de otros días, al levantar su mirada ella seguía en la habitación, mirándola con esos ojos inexpresivos y vacíos, con las ropas flotando a pesar de no haber viento.
- Moriré mañana. – Le advirtió Jennifer en tono sentencioso.
- Eso no lo decides tú. – Contestó la Muerte.
- ¡Lo decido como que es mi vida! – Dijo en voz alta, tratando de convencerse más a si misma.
- Hoy he de reclamar lo que me pertenece, he sido bastante complaciente contigo al esperar todo este tiempo ¿Cuánto ha pasado? – Preguntó la Muerte, pensativa
- Un mes... exactamente hoy es un mes... desde que él me dejó. – Respondió con su acostumbrada melancolía.
- No puedo esperar más. – Y posó su mirada en los ojos de Jennifer.
- ¿Me dejas verlo por última vez?, ¿Hablarle?, ¿Qué si quiera sepa que aún existo? – Preguntó con el corazón en la boca.
- Como desees...
Rápidamente se puso en pie, y evitando los cristales del piso se metió en la ducha, la frialdad del líquido le hizo arder las heridas que tenía en la piel, se las hizo al escribir su nombre con los fragmentos del espejo, respiró profundo y por primera vez en un mes, sintió la realidad y no esa atmósfera de sueño que estuvo viviendo.
Ambas salieron a la calle, caminaron a plena luz del día, Jennifer se dejó guiar por su compañera, no se sorprendió que solamente ella pudiera verla, puesto que en respuesta a ello, sólo la Muerte parecía comprender el dolor de su corazón resquebrajado.
Sin saber como, llegaron donde él estaba. Se hallaba sentado en un árbol con un libro en la mano, nunca supo si de verdad lo leía o simplemente lo tomaba para aparentar leerlo. Ella miró a la Muerte como pidiéndole permiso, ésta con su apariencia andrógina y túnica flotante pareció asentir.
Dudó un par de segundos, pero tomando fuerzas y un profundo respiro, caminó hacía él.
- Hola. – Dijo al notar su presencia.
- He venido a despedirme. – Contestó ella ignorando el saludo.
- ¿Viajas? – Preguntó levantando una ceja
- No, sino que mañana moriré. – Respondió sin inmutarse.
- No bromees, mira sé que las cosas no funcionaron bien, pero te prometo que...
- Nada de promesas. – Interrumpió casi rompiendo en lágrimas. – Me hiciste tantas que no puedo recordarlas todas, fueron tantas tus promesas que no supe que hacer con ellas, hasta que un día decidí escribirlas en mi pared una al lado de otra, poco a poco las promesas se convirtieron en simples palabras sin sentido alguno, no había lugar en mi pared para más promesas, ni en mi corazón para más mentiras.
- Creo que no estás bien. – Dijo algo asustado mientras cerraba el libro.
- No, no lo estoy, pero que más da, es la última vez que he de verte. Sabes pensé que sería diferente, pero ahora que estoy frente a ti me siento más viva que nunca, más viva que en mis 19 años de inocencia que tú me quitaste...
Se cubrió los ojos para no llorar y corrió, sin fijarse rumbo ni dirección, solo quería alejarse de él, no volverlo a ver nunca más; su corazón latía lleno de ira y frustración. Pero poco a poco se fue calmando, sin darse cuenta estaba frente a la Muerte.
- Estoy lista para partir. - Le dijo mientras se secaba las lágrimas. – Que sea rápido.
- ¿Partir? Creo que te equivocas, no eras tú a quien yo reclamaría hoy. – Respondió la Muerte con una siniestra sonrisa en sus labios grises.
- Sino soy yo entonces... – Pensó en voz alta, mientras alarmada regresaba sobre sus pasos, dejando a la Muerte atrás, quien se reía de manera malévola y burlona.
Jennifer intento recordar todas las vueltas que había dado, estaba confundida y asustada, deseando equivocarse y que de verdad estuviera loca.
Finalmente lo encontró, había intentado seguirla y un auto lo había arrollado, se encontraba escupiendo sangre, con la mirada perdida y fragmentos de cristal en el rostro.
- Te amo Jennifer. – Le dijo él antes de que sus ojos se apagaran.
- Amar es otra forma de suicidio. – Comentó la muerte a Jennifer, quien ya no podía verla, mientras se llevaba lo que siempre le perteneció.