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El precio de la codicia.


By admin - Posted on 25 April 2006

cBasado en un antiguo cuento japonés, nos enseña a no pedir más de lo que debemos obtener.

Escrito por Julio Peñarrieta
Arte de Hideaki Takamura

El canto de los ruiseñores alegraba el ambiente, mientras el generoso sol de la primavera acariciaba con suavidad la verde sábana de pasto que cubría el campo.
Los cerezos en flor perfumaban el ambiente, mientras los kumhos pacientemente esperaban que algún bocadillo caiga en sus redes.

pEn el tranquilo arrollo, una pequeña figura cantaba y jugaba en las cristalinas aguas; era Shosekan el vagabundo, kami de la libertad y la diversión. Silbaba una alegre tonada que emulaba el trinar de los pájaros, mientras con sus largos y delgados dedos azules  dibujaba figuras en el aire, dejando pequeñas nubes rosadas con su tacto.

éste pequeño espíritu era conocido por su actitud alegre y desinteresada. Solía donar a los ancianos la comida que le dejaban en su altar, cantaba a los niños cuando estaban tristes y en raras ocasiones, se ponía su manto invisible para asustar algún ocioso que no le guste trabajar.

Saltando de un lado a otro, recogió su ovalado sombrero de paja, cubrió la achatada cabeza mientras olfateaba la dulce esencia de la flor de cerezo por su única fosa nasal y sonrió mostrando sus diminutos y romboides dientes.

Caminó sin preocupaciones, como siempre lo hacía, arrastrando las larguísimas manos  en el suelo, inclinado hacia atrás mirando el cielo generoso en nubes mientras tarareaba una cancioncilla de lengua desconocida.

Fue así que Shosekan, vagabundeando en el camino, llegó a una descuidada cabaña; la cual parecía estar abandonada, pues la mala hierba cubría buena parte del jardín, los muros de mimbre se notaban sucios, descuidados  y al techo de paja le hacía falta una buena compostura.

El kami sentía la presencia de un mortal adentro de la construcción, puede ser un enfermo que necesita ayuda pensó, y cubriéndose con su manto se aproximó con cuidado, cuidando no hacer ruido.
Al lograr ingresar se encontró con un espectáculo del todo desagradable, un hombre obeso y sucio dormía a pierna suelta en medio de la habitación, varias botellas vacías de sake lo rodeaban, algunas bastante viejas y sucias.

él era el kami de la libertad, pero repudiaba el libertinaje, así que posando su alargada mano en la frente del hombre expulsó una pequeña bola de fuego sobre su rostro, quemándole las pestañas y dándole un buen susto.

El individuó despertó violentamente, Shosekan reía con fuerza y su carcajada rebotaba en las paredes, dando la sensación de que era la estructura misma quien se burlaba.

El humano se incorporó ante tan raro espectáculo, acuclillado y temeroso, él era Norimaro, un vago sin oficio ni beneficio, que solía hacer cualquier trabajo pequeño con tal de comprar una bola de arroz y algo de licor.

Shosekan seguía riendo mientras caminaba en los muros, haciéndolos sonar como si un ejército de caballos corriera sobre ellos. Mientras hacía eso gritaba a viva voz “¿No te avergüenza ser lo que eres Norimaro?”

El desdichado humano, aún ebrio, solo atinó a arrojar las botellas contra los muros, sin lograr atinarle a nada, gritando y llorando, preso absoluto del miedo y la desesperación.

El kami pensó que ya había torturado lo suficiente al pobre vago, que éste habría aprendido su lección y enderezaría su comportamiento. Quitándose el manto para volverse visible, se acercó confiado ante el mortal.

Norimaro, ya recuperado del susto observó con cuidado al pequeño ente, el cual apenas le llegaba a la rodilla. Quiso decir algo pero no sabía que, de modo que esperó a que el kami se manifestara.

El incómodo silencio se prolongó algunos minutos, Norimaro miraba con atención,  notó el vistoso manto que el kami tenía en una de sus manos, y sin pensarlo mucho, se arrojó contra él arrebatándole el objeto.

  • ¡Devuélvemelo humano, es mío! – Gritó Shosekan con una voz que hizo retumbar los cimientos de la choza.
  • ¿Por qué debería hacerlo? ¿De que te serviría este trapo viejo? - Preguntó algo asustado por el tono de voz, del todo discordante con la pequeña criatura.
  • Es mi manto de la invisibilidad, sin él no puedo desaparecer, dámelo antes que me enfurezca.  – Amenazó el kami.
  • Si lo quieres, deberás darme algo a cambio, concédeme un deseo y será tuyo.
  • Está bien. Pero ten cuidado con lo que pides mortal, puede hacerse realidad.

Esta era la oportunidad que había esperado siempre, Norimaro pensó unos minutos y dijo el único deseo que un vago de verdad puede pedir.

  • Quiero que me entregues mucho arroz y sake, tanto que me dure para el resto de mi vida. – dijo lleno de confianza.
  • Devuélveme lo que me pertenece y concederé tu deseo.
  • ¿Cómo sé que no escaparás luego?
  • Los espíritus nunca fallamos a nuestras promesas.

cEl hombre asintió, devolvió el manto, y el espíritu se acercó a  una habitación de la casa, materializó un saco de la nada; abrió un boquete en el aire y al acercarse empezó a brotar arroz a montones. Norimaro no podía creerlo, y así el kami fue llenado parte por parte, para luego hacerlo con las botellas de licor, mientras tanto cantaba una extraña tonada:

Mete el arroz en la bolsa, el licor en la botella y ciérralos bien, consume tu vida y bebe tu alma también…

Shosekan cantaba alegre, mientras Norimaro contaba excitado sin prestarle atención. Logró llenar cincuenta sacos de arroz y doscientas botellas de sake.

  • Es bastante ¿Pero estás seguro que esto me durará por lo que me queda de vida? – Preguntó el humano algo confundido.
  • No me cabe duda – Respondió el kami, mirándolo fijamente con sus ojos rojos, amenazantes ahora.
  • Bueno, confiaré en ti. – Contestó algo temeroso, como si desconfiara de algo.

La criaturita saludó quitándose el sombrero y desapareció en el aire entonando la misma canción.

Norimaro pasó la mejor primavera de su vida, comida y bebida en abundancia, el verano fue mejor, puesto que no tenía que trabajar en nada, parecía que la provisión de alimentos efectivamente duraría el resto de su vida.

Llegó el otoño, y la juerga nunca acababa, la felicidad era eterna, una vida sin responsabilidades ni preocupaciones, lo único que lo molestaba, era que por la noches, entre sueños, seguía escuchando la rara canción de Shosekan, sonaba como una advertencia, cada noche más y más tétrica que antes.

Fue entonces cuando él comenzó a beber hasta la inconciencia por las noches, sólo para no recordar lo que soñaba, tenía un temor al oscuro mensaje escondido en las palabras del kami.

El invierno fue crudo, más gélido que otros inviernos, Norimaro había olvidado cortar leña, por lo cual empezó a quemar parte de los muros internos de su casa para calentarse, por las provisiones, aún quedaba bastante…

El invierno recrudeció, el viento arreciaba con fuerza contra los muros, el sake lograba calentarle los huesos, pero la necesidad de leña era apremiante.
Una noche desesperado, cambió gran parte de sus alimentos por leña seca, con lo cual logró mantenerse cálido por algunas semanas más.

Mientras, el aire invernal le traía aun la vocecilla de Shozekán, cantando su fúnebre canción, Norimaro sin darse cuenta había terminado con casi todo el arroz y el sake que había deseado.

Faltando pocos días para la llegada de la primavera, cocinó el último plato de arroz que le quedaba, y mientras bebía la última botella de licor, pensó que tal vez no debió molestar al kami, la leña también se había acabado, y el frío era mortal.
Decidido comenzó a arrancar una columna de madera de su casa, pensó en quemarla, calentarse y aguantar, y cuando estaba a punto de lograr su objetivo, se detuvo a tomar su último trago, y fue cuando la canción que tanto lo había atormentado tuvo sentido:

Mete el arroz en la bolsa, el licor en la botella y ciérralos bien, consume tu vida y bebe tu alma también…
Al recordarla, notó como la columna de madera cedió, y la choza se derrumbó  sobre él aplastándolo, fuera de la derruida construcción Shosekan silbaba imitando a los buhos y sonreía lleno de satisfacción.

Kumho: Araña.

Kami: Espíritu.

Sake: Licor elaborado del arroz.

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