Dicen que para el amor no hay edad. Pero nuestro colaborador quiere romper con esa popular y recordada frase.
Un relato de Cristian Vergaray Sandoval
Se llamaba Diana y en ocasiones fungía de musa inspiradora de mi fecundo onirismo. Vivía con su madre en un cuarto rentado, con vista a una congestionada avenida, en el segundo nivel de una gran casa amarilla donde yo también era inquilino.
La primera vez que la vi me embelesó su alborozada naturaleza. Era de noche y me encontraba leyendo “Luna Caliente” de Mempo Giardinelli, arrellanado en los amplios peldaños de la serpenteante escalera que comunicaba el segundo nivel con el tercero. Un sujeto que ocasionalmente departía conmigo algunas tardes hasta que el sol se ponga, me recomendó aquel libro y antes de marcharse me advirtió que nunca lo leyera delante de alguna menor de edad.
Yo realicé sarcásticas pasmarotas de severo acatamiento y no le di mucha importancia. Lo reconozco, aquella novela me cautivó desde el principio y fue cuando en el íncipit del capítulo II atisbé una sombra, un movimiento fugaz que interrumpió mi concentración. Sin parecer tan medroso, decidí reanudar mi fútil e intelectual ejercicio aguzando la vista en aquellas páginas blancas. De soslayo percibía una presencia que misteriosamente se podría hallar oculta entre los antiguos muebles o entre los pequeños y frondosos arbustos del vestíbulo, lugar poco frecuentado por los moradores de la casa pero que yo la usaba como sala de lucubraciones.
Sabiéndose casi descubierta en el ambiente calinoso atinó por mostrarse al fin preguntando a mansalva: “¿Qué estás leyendo amigo?”. En ese instante quedé atónito ante tal gracioso sonecillo que el libro escapó de mis manos y cayó con un ruido seco. Un halo luminoso rodeaba aquella niña que vestía una falda azul, un polo rosado y tenis. Balbuceé y volviendo en sí, respondí acentuadamente: “Luna Caliente”. Ella se acercó, subió algunas escalinatas y fue cuando la vi de cerca, era una criatura de suprema beldad que improvisando una mueca sensual me devolvió el libro esbozando una almibarada sonrisa.
Era demasiado. Me hallaba completamente estórdido. En medio de la tensión, decidí actuar rápido y fiel a mi estilacho sólo atiné a una barrumbada: “No hay nada como un buen libro para hallarse laxo y con el desiderátum de la excelsa intelectualidad que descarta toda ramplonería y coadyuva a uno a disertar ya sea en la apologética soledad o en algún conciliábulo donde sobrevuelan ideas a tutiplén”.
El efecto resultante de mi circunloquio no podía ser diferente ya que la pequeña, algo confusa, resolvió sentarse a mi lado. Olisqueé disimuladamente un odorante perfume a caramelo. “Efluvios de la juventud” – pensé, al turno que pregunté pausadamente: “¿Te molesta si prosigo con mi lectura?”. Y la pipiola, pletórica de entusiasmo, mordiéndose los labios espetó: “Léelo desde el principio, por favor”. Aquel hilo de voz enarboló mi ser hasta la luna y fue cuando recordé la prevención del cascaciruelas que tomaba conmigo el té de las cinco, y de mi fantástico y etéreo monte de fascinación me precipité a un val de turbación. Algo frustrado gargaricé: “Eh, creo que no sería una buena idea…”, y ella, tratando de encontrar mi mirada dijo: “Diana, me llamo Diana, escucha, haremos algo, tú lees un capítulo y yo otro, ¿okay?”.
Era consciente que no podía entrar en esa clase de negociaciones pero la expresión suplicante de su bello rostro terminó por convencerme y ceder a su capricho infantil. Diana estalló en júbilo y me besó en la mejilla a lo cual no manifesté reacción inmediata. Presa de la exultación, realizó piruetas mortales en el borde de la escalera. Yo la contemplaba con ternura y por un instante envidié sanamente aquella satisfacción jovial que emanaba del corazón de aquella párvula. Temiendo que aquella inspiración seráfica trastabille y ruede por las escaleras, la cogí de la muñeca atrayéndola hacia mí. La tuve tan cerca que pude contar las pecas de su respingada nariz, sus labios eran un obsequio de los dioses y sus ojillos negros el mismísimo Big Bang. Con voz interjectiva pronuncié: “Deberías atar las agujetas de tus tenis ya que costaría trabajo limpiar el lustro de crúor de tu abrupta caída”. Diana no entendió mi sarcasmo pero igual lanzó una risotada en donde pude apreciar sus perfectos dientes blancos. Luego de incorporarse, hurtó el libro de mis manos y susurró: “Bueno, empecemos”. Y yo repuse: “Abróchate el cinturón porque emprenderemos un mágico viaje a lo desconocido”.
Diana reposó su ingrávida cabeza en mi hombro y juntos nos dimos a la tarea de leer “Luna Caliente”. Por el capítulo X, advertí un repentino bostezo, entonces cerré el libro en señal de que ya había sido suficiente y ella frunciendo el ceño lo volvió a abrir, prosiguiendo en el viaje sin escalas.
Era divertido verla por el rabillo del ojo, en especial cuando gestualizaba a modo de dilucidar la intríngulis. Al cabo de algunas horas y ya en el formidoloso capítulo XXIV (aún en mi turno de lectura), percibí la gelidez de su grácil cuerpecillo. Ante tales circunstancias yo ya había perdido la chaveta, lucía el rostro desencajado y en mi cerebro se fraguaban mil tremolinas sin cuartel.
No obstante, al cabo de un instante, Diana resopló, cerró el libro suspendido entre mis manos y me besó muy cerca a la boca, parecía agradecida de algo pero ignoraba de qué. Yo tosí, algo avergonzado, con el rostro abigarrado. Era medianoche y le sugerí a Diana que se marchara o de lo contrario se metería en líos (en realidad también lo temía por mí). No bien transcurrían unos segundos cuando vi la figura totémica de la madre de Diana que la esperaba en el corredor. Resignada, no tuvo otra opción que ponerse de pie e irse no sin antes preguntar mi nombre el cual se lo di sin más ambages.
Me costó mucho conciliar el sueño aquella noche. En mi cabeza retumbaban palabras como aquiescencia, estupro, virginidad, obsesión, inocencia, condena, amor, muerte. La presciencia nunca fue una virtud de la cual yo pudiera jactarme pero cuando a la mañana siguiente Diana tocó mi puerta no descarté en un futuro emplearme de augur. Entre lo mucho que se dijo esa mañana, me confesó que “Luna Caliente” le había resultado pipudo y que estaba decidida en la empresa de devorar todos lo libros que hallase a su paso (así la tapa fuese dura), más aun con el compromiso de que contaría conmigo para alcanzar dicho objetivo que a mi buen juicio era una labor rayano en la demencia.
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