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Barrenada Obsesión

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By admin - Posted on 01 December 2006

El 1 de diciembre es el Día Mundial de Lucha contra el Sida. En ese contexto, ofrecemos un cuento que vale la pena leer, y sobre todo comprender.

Por: Cristian Vergaray

Aquel silencio de sala de hospital expoliaba a todos los demonios existenciales que podían habitar en la ignita alma de Donovan. La duda imperante era como un cínife latoso el cual debía exterminar de cualquier forma.

Tenía la lánguida mirada clavada al piso de parquet, lucía cacoquimio escudriñando sus velludas manos, las cuales imaginaba, en un futuro no tan lejano, tan frágiles como galletas de soda. Se oyó de pronto coordinados pasos juveniles. Frunció el ceño y la boca y aun con la vista fija en el entarimado advirtió un par de zapatos blancos. Pudo percibir ese nada filarmónico triquitraque en su impaciente corazón.

La mujer, toda ella vestida de blanco humo pasaba revista a unos registros adheridos a un fólder celeste, se detuvo frente a Donovan que aun permanecía en su petrificada posición  y modulando una voz entre sensual y académica dijo: “Señor Donovan Grijalva, usted es el próximo, ya tenemos sus resultados”.

Aún no saliendo del letargo del cual era fiel prisionero realizo un leve ademán de sobresalto y ahora con las manos en los bolsillos se dispuso a seguir a aquella joven enfermera que transitaba coquetamente por los estrechos pasillos del hospital.

En el tortuoso trayecto, propios e impropios recuerdos de Donovan taladraban su cerebro. Se preguntaba así mismo cómo era posible que un joven veinteañero, con un porvenir resuelto, algo encopetado como cualquiera de su edad pero con muchas ganas de vivir, enamorado de un bella y leda muchacha, podría hallarse en la contingencia de saberse o no portador del virus del VIH/Sida. Recordó entonces las borrascosas vivencias que había suscitado, siempre perviviendo al límite, empleando artilugios de superchería para llevar con fingida templanza esa peligrosa doble vida: la de un heteróclito e imperturbable intelectual y la de un taimado prosélito de la pornofilia. Todo había empezado hacia algunos años atrás como un acontecimiento lúdico.

Donovan y otros compañeros de secundaria entablaron una adocenada apuesta: acostarse con una prostituta (la quilota más joven y exuberante de un concurrido burdel capitalino) y traer consigo una prenda intima de ésta como presea de guerra. Él, mostrando aversión al derrotismo aceptó sin más. Pero no solo se conformaría con unos remunerados minutos de sexo mecánico, él querría llegar más lejos, explorando a través de interrogantes (al estilo Mayéutica) el turbio mundo de la prostitución. Para ello, se valía de un talento insito: engaitar a las personas con esa almibarada logorrea que imprimía con un acento encantador. Llegado el día, el momento, el lugar, la mujerzuela y las circunstancias ya establecidas, Donovan revolvió engaratusar (como siempre lograba con éxito en la mayoría de sus tertulias) a aquella ramera, empleando pleonasmos y demostrando por qué era el maestro de la parresia. El encuentro con aquella farota (a la que respondía al seudónimo de Olenka) lo había encontrado  placentero y trascendental, y aunque mostró aplomo en todo momento y lavó su sexo con un jabón antibacterial  con arduo esmero, no podía reprimir la felicidad y el alborozo no sólo por haber obtenido una prenda de algodón sino por haber logrado ajustarse al sentir de aquella mujer de vida licenciosa (acontecimiento sui generis para él).

Pero a veces una somera apuesta puede convertirse en un arregosto. Así, Donovan, en el intrusismo de falso entrevistador, penetraba en los lupanares y recovecos más nauseabundos de Lima. Luciendo un raído saco de lino azul y unos vaqueros viejos, escamoteaba los comentarios más inverosímiles e irreproducibles de las desvirtuadas féminas entregadas al gulusmeante e indecoroso oficio de estraperlo.

Posteriormente la vida del joven se perdía en la más atroz vorágine que se hubiera podido imaginar. Dejó de lado sus estudios universitarios (soñaba con ser ingeniero o filólogo, en realidad podía ejercer cualquier carrera que éste quisiera y deseara), los pocos amigos que había recolectado a través de los años lo habían abandonado por completo, rompió sentimentalmente con su enamorada (con la cual anhelaba casarse y tener hijos bellos y una casa con tejado rojo y por qué no un fox terrier como mascota).

Era de corriente y moliente verlo todo descachalandrado barzoneando por vecindarios de corrincho, alimentándose de comida chatarra , fumando sin control, evitando toparse con proxenetas que ya conocían sus soterradas mañas y sus vínculos secretos con las meretrices de la zona. Tan sólo quería entregarse a los placeres carnales de aquellas damiselas de la noche que vendían sus carantoñas por unos cuantos soles, deseaba impacientemente apagar la llamarada de sus ansias y no detenerse en esta vertiginosa aventura, buscaba una nutrida excerpta con execrables anotaciones donde se detallaban nombres de pila de ninfas, descripciones físicas, tarifas, números telefónicos, posiciones sexuales, fetichismos, fantasías y demás aberraciones.

La estromanía del obseso Donovan lo había convertido en un lunático, en un ser abyecto, en un heliogábalo que sólo deseaba alimentarse de referencias sexuales, de datos prohibidos y obscenos. Ya no era más el muchacho corito, muy por el contrario exhibía explícitamente su condición de zafafo, de un desalmado energúmeno. Pitorrear a la suerte no resulta conveniente cuando existen altos riesgos de por medio. Con el transcurrir del tiempo, su salud se fue minando. Vikingo y frente al espejo sólo atinaba a observar la imagen de un ser jipato y desgraciado. Las jaculatorias a un Dios olvidado o la tardía recantación de su accionar errado ya no darían resultado, ni siquiera servirían como un consuelo. Propincuo se imaginaba próximo a la muerte.

Guiparse olvidado lo aturdía. Pobre Donovan, su enferma naturaleza apenas la percibía como un minúsculo de vida. Ahora, icástico y con la moral por el subsuelo, debía terminar lo que había empezado y descifrar la duda que lo atosigaba por meses. Lugar a más moyanas era absurdo. Y aun atrapado en ese halo de solipsismo escoltó a la moza enfermera hacia un compartimiento que parecía ser un laboratorio y hurgando en un andamio donde se clasificaban historiales clínicos por orden alfabético, cogió un sobre del sector G y se lo entregó a un nervioso Donovan que sentía un tronido en el pecho, su respiración se entrecortaba, sudaba frío y tragaba saliva. Al salir del hospital y aun no resuelto a abrir el sobre, buscó una banqueta en el parque cercano y a sovoz se dijo: ”Ah mujeres, barrenada obsesión que me conducen a la mismísima muerte”. Sin prisa, abrió el blanquecino sobre y de falondres lanzó una carcajada cargada de protervia, luego asintió, esbozó una sonrisa y destruyó el sobre el cual marcaba su infructuoso destino.

Seis meses después, Donovan moriría en una solitaria cama de hospital, víctima de un paro respiratorio, en el área de enfermos terminales de VIH Sida.

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