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TRIBUTO AL PRINCIPITO


By admin - Posted on 25 January 2005

Sobre la mágica obra de Antoine Saint Exupéry
TRIBUTO AL PRINCIPITO


“Lo esencial es invisible a los ojos”.
Antoine Saint Exupéry

Escribe Miguelángel Quiroga Tavera
Ilustraciones Internet

Hace un par de años volví a tropezar con un libro brillante. Recuerdo que la primera vez que lo vi fue el noveno día de febrero, seis días después de haber soplado junto a mi madre y hermano mis ocho velas de vida. Desde aquel día lo veía empolvarse sobre el librero de la casa. Era pequeñito, casi del grosor de un cartón y aún así me privaba de leerlo.

Hasta que cierto día, Ernestito, mi pequeño primo, vino a buscarme y me dijo “Primo Migue, quiero leer El Príncipe”. “¿Ah?” Fruncí el ceño desconcertado. Sentía en mi cabeza un signo de interrogación más grande que ella. “A ver… A ver”, le dije. ¿Cómo es eso que El Príncipe?”. “Si, si, yo quiero leer a ese niño”, inquirió. Creo que en ese momento ya no tenía encima del cuello otra cosa que no sea un gran, pero un gran signo interrogativo.
“Me parece que estás muy pequeñito para entender a Maquiavelo, Ernestito”. “¿Makia… qué?”, me preguntó al mismo tiempo que su cabeza comenzaba a pesarle por la gran interrogante.
Aún así, sin llegar a entendernos todavía, echamos juntos abajo todo el librero. Uno a uno cogía los libros y uno a uno le preguntaba “¿haber mira?”, y el cochino éste, con el dedo sucio en la boca me decía en su lenguaje de infante si era o no el tal “príncipe”.
A ambos nos dolían ya las yemas de los dedos. El ya estaba cansado y atinaba sólo a decir ¡Pucha Migue, no tienes El príncipe! Admito que me molesto ese comentario, sobre todo porque era yo quien tendría que regresar a la normalidad todo ese desorden y porque el único príncipe que había conocido en mi vida era el de Nicolás Maquiavelo. Perdí los estribos y le dije ¡No te entiendo! (Por cierto es gracioso el discutir con un niño. Claro, luego que se te pasa el enfado).
Me parece que se fue un poquito molesto puesto que tiro la puerta al salir. No me quedó más que ordenar yo solo aquel tumulto intelectual. Y así lo hice, puse libro tras libro en su lugar. Pero hubo un libro que me embarro la mano de polvo ¿y cuál era? Bueno, era nada más y nada menos que el librito que me empeñe en ignorar. ¿Cuál era su título? “El Principito”.

Abrí la primera hoja y leí la dedicatoria que Antoine Saint Exupéry le hace a su amigo León Werth y que además despertaron cierta ternura en mi (sobre todo las primeras líneas), y por lo cual sin el afán de robar su autoría deseo citar “Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona adulta…”. Hay algo más, de lo que no pudo escapar mi distracción en esa dedicatoria: “Esta persona adulta (León Werth) es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros escritos para niños”.
Esa misma tarde, leí cada palabra de aquel libro y probablemente llegué a sentir y a entender lo que de una u otra forma el amigo Exupéry quiso decir. De verdad, quede fascinado con aquella historia, narrada con una literatura para infante pero dirigida para nosotros, para la gente grande.
Han pasado casi tres años desde aquel día, y aun puedo recordar aquellas frases que todavía me empeño en repasar. “Que lo esencial es invisible a los ojos” y aquel concepto gracioso de “domesticar”.
Desde aquella vez no he parado de leer por lo menos una vez al año libros con personajes tan tiernos como “el marcianito” de Antoine Saint Exupéry (así lo llame yo luego de terminar este cuento infantil. “Marcianito”), aquel principito que había recorrido una serie de planetas luego de haber discutido fuertemente con su flor, su mejor amiga. Y que bien sabemos los que lo hemos leído que este cuento infantil como bien señala su autor, está dirigido a la gente adulta.

PD: Por cierto “El principito” era el libro que Ernestito andaba buscando.

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