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Calidad del estilo


By admin - Posted on 09 November 2006

Sobre la buena y mala literatura. ¿Estamos acaso frente al fin de las bellas letras?

Escribe: Juan Carlos Canales Patiño   

Las obras literarias corresponden a etapas de creación del hombre en las cuales la inspiración llegó a invadir su razón y hacer de ésta algo más lúcida y admirable.

Hubo una época en la que existían tendencias predominantes dentro de la literatura y si algo caracteriza la actualidad literaria es que no encontramos ninguna. Borges, por ejemplo, fijó una narrativa erudita y atosigante en datos históricos que surgían solo en su mente; tiempo atrás, Flaubert exhibía el preciosismo de sus descripciones en nuestro continente, García Márquez hacia de lo real maravilloso un modo de encumbrar la vida campesina del “sudaca”; sin embargo ahora existe una linealidad de la escritura que la hace por momentos mas frívola y  predecible. 

La diferencia entre el momento de la novela narrativa de mediados del siglo XX y en la actualidad es quizás que aparte del estilo mas versado del pasado, los temas que se tocan en nuestra época como la moda, la comida o la tecnología  ensalzan la vida urbana en extremo.

Latinos pareceres

Para el poeta peruano Antonio Cisneros esta repulsión por lo rural en los trabajos no es cuestión de generaciones ya que él pertenece a varias anteriores a la actual y desde siempre “se cagó en los pajaritos” . Cisneros cree que la ciudad es la materia prima de los sueños y las pesadillas del hombre moderno y que esa condición de escenario ambulante y permanente hace que sea casi un imperativo temático sobre todo para los creadores de cuentos.

Cisneros considera que en el campo de la lengua castellana no existe una continuación de la retórica que colmaba la poesía española o francesa que se hizo presente en Latinoamérica en escritores como Neruda; ahora se ha dado paso a un coloquialismo que no colma las expectativas.

La realidad, según el poeta, también ha cambiado, y en la actualidad peruana no advierte la fuerza suficiente como para desencadenar una respuesta poética.

Lo cierto es que la literatura moderna se plantea constantemente la representación de la realidad más como un problema que como una posibilidad, al parecer el único objetivo actual es servir de entretenimiento de las masas lectoras.

Esta característica podría ser entendida ya que en una época actual donde la utopías cayeron y el pragmatismo a ultranza se impone es lógico se refleje las creaciones artísticas, Cisneros cree que el motivo para que existan cada vez menos imitadores de Vargas Losa a diferencia de los de Bryce Echenique es porque las características mesiánicas de un escritor no son del agrado contemporáneo sino más bien las eternas dudas de la vida diaria.
En Latinoamérica sólo García Márquez y Carlos Fuentes escapan milagrosamente al gusto del aficionado a la novela “chicle”, de consumo rápido; otra excepción es Julio Cortázar, pero el valor literario que se le reconoce no le protege del olvido de parte del público.           

Otro aspecto que también ha cambiado son las respuestas que dan los escritores a los grandes interrogantes que rigen la actividad literaria, o incluso los mismos términos con los que se plantean estos interrogantes y es que el interés literario ha cambiado con el tiempo.

Para el escritor chileno Alberto Fuguet esto es cada día mas notorio: “La literatura es un fenómeno comercial, los premios de las grandes casas internacionales están acomodados a la venta, y no se premia la literatura por la literatura”.

Fuguet sostiene que no hay placer para el lector, sino sacrificio. Se le entrega una mercancía de tercera, afirma que nunca como ahora el papel había aguantado tanta tinta inútil. Los árboles, con la ironía que lo caracteriza, debieran formar parte de la defensa de los Derechos Humanos.

Para Fuguet la literatura hoy es una necesidad, un bien material, un objeto de consumo para satisfacer un nuevo espíritu material del mercado, es decir, las páginas doradas de los Best Seller.

Tal vez porque la lectura es un acto de meditación y esto al comienzo de los tiempos  pudo resultar muy peligroso ha hecho una hazaña liberadora sin precedentes: de Dante y Montaigne a Gandhi y Mandela; de Cervantes a Borges. La lectura implica diálogo y, a la postre, tolerancia, la contraparte del fundamentalismo seria el memorismo retardante; la lectura literaria, por su parte, es posibilidad y apertura a otro tipo de conocimiento.

La obra de los autores clásicos nos permiten tanto lo inagotable de toda relectura como de la nueva lectura, así como la experiencia del pensamiento como aventura intelectual, de la densidad y no aplanamiento del pensamiento y de la realidad, y nos invitan a su vez a una aventura del pensamiento propio.

Los números humanistas

La experiencia de la expansión comercial de los libros en la actualidad resulta risible a pesar de la calidad de los mismos en años pasados, ejemplo concreto de ello es la publicación de Cien años de soledad, en 1967. Nunca antes un libro había tenido tanta aceptación crítica y tanta rentabilidad económica (la primera edición constó de 25 mil ejemplares, de allí en adelante fueron de 100 mil por año). El fenómeno se aprovechó al máximo y cuando comenzó a agotarse en Latinoamérica se trasladó a Barcelona.

En nuestros días las estadísticas muestran un aumento desmesurado en la producción del libro en los últimos cincuenta años, dejando en claro la plusvalía de este "negocio", y las falsas profecías sobre el fin del libro como la de Marshall Macluhan han ido convirtiéndose en textos de ficción. Con un crecimiento anual del 2.8 por ciento, según la UNESCO, el libro goza de plena salud; la disyuntiva ahora se centra en la irremediable tragedia de la imposibilidad de leer tanta producción y de una calidad no tan apreciable.

Las empresas editoras hacen que el panorama cualitativo no sea tan alentador ya que bajo sus leyes decidirá qué producto rebasará los límites del país y cuál se quedará con el mercado local y con un tiraje, en el mejor de los casos, de 2 mil ejemplares. Esto provoca, entre otras cosas, que el autor elabore, mucho antes de escribir su obra, la mejor manera de ofrecer el futuro producto para hacerlo atractivo.

La basura manufacturada que es la literatura de gran consumo en opinión de muchos críticos, hace que escritores como Bayly o Coelho con sus libros de autoayuda disfrazados de gran lirismo colmen, las grandes superficies de venta que están aniquilando a las queridas librerías de antaño, y presagien una inminente humanidad sin lectores sensibles.

El valor literario es al fin y al cabo inasible y no se puede capturar con un código de barras.

La literatura es, que duda cabe, un brote aletargado de aquella antigua magia urdida con el verbo y la fantasía en la cual los gustos son tan diversos como incomprensibles pero que hacen la vida más llevadera, para apaciguar simbólicamente ese surtidor de deseos inalcanzables de que está hecha la existencia humana.

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