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Sonrisa navideña
Siempre recordaré esa víspera navideña. Fue en el albergue para niños “Emmanuel”, ubicado en el distrito de Ventanilla, donde me llevé un gran recuerdo. Una niña, al parecer, de 4 años, me cautivó con su inocente sonrisa, además, de su sencilla forma de pedir “¡más panetón!” (con la mirada). Luego, al regresar a casa encontré en mi bolsillo un papel, era una nota en la que me agradecía por todo y me deseaba ¡Feliz Navidad!.
Una crónica de Roger Gonzales
Ilustración Julio Peche
Fue complicado pertenecer a un grupo de la Vicaría Japonesa llamado “Acción Social”, su tarea en aquella temporada (proximidad navideña) era ir y hacer felices a los niños. Yo nunca había sido un fiel partícipe de las obras benéficas por todo lo que implicaba. ¿Hablar con niños?, ¿jugar con ellos?, fueron las principales preguntas que me hice al escuchar la propuesta de un amigo que me invitó a formar parte de esta agrupación.
Al recibirla, me reí en su cara, pues pensé que se trataba de una broma y me negué rotundamente a esa posibilidad. Pero al llegar a mi casa y luego de retumbarme los oídos con los nostálgicos villancicos de los inolvidables Toribianitos que salían de las calles aledañas me pregunté: ¿por qué no?.
Una memorable visita
Al llegar al albergue, después de haber soportado cerca de una hora y media de viaje, sentí que alguien se colgaba de mi pierna. No dudé en molestarme ante tal exceso de confianza, en el momento que iba a gritar que me soltara, miré abajo y me saludó con la mano.
Era una niña con una sonrisa a flor de labios que me daba la bienvenida como nadie lo había hecho. La verdad que me gustó esa imagen, su flash de alegría me contagió por unos instantes haciéndome recordar mis días en los que era un niño y soñaba en jugar con alguien.
Vestía una ropa sencilla que juntaba el albergue con las donaciones que recibía en fechas especiales. Un polo largo de color rojo descolorido que prácticamente perdió el color de tanto uso, un pantalón de buzo azul y unas sandalias casi rotas que no impedían hacerla sonreír.
Fue en ese instante cuando me comenzó a gustar la travesía en la que estaba. Era una forma anormal de conocerla porque no sabía cómo iniciar un diálogo.
Con un “Hola” inicié la plática esperando una respuesta, pero ella no atinaba a nada, sólo me miraba con curiosidad.
Luego, mientras mis compañeros sacaban los panetones de las inmensas cajas, sus ojos lagrimeaban por una mezcla de emoción e ilusión al ver pasar las tazas con el chocolate tan tradicional en las mesas navideñas.
Jugué durante varias horas, con ella principalmente. Olvidé mi timidez del antes de hacerlo y me sentí muy bien después de hacerlo.
Luego, eran las 4 de la tarde y llegó la hora de regresar a Lima. La verdad nos íbamos tristes porque dejábamos a niños que estoy seguro que en cada uno de nosotros los consideramos como hermanos por el gran cariño que les entregamos.
Durante el trayecto a la capital, cavilaba sobre todo lo que habíamos pasado en cerca de 6 horas. Todos estábamos tan agotados que sólo atinamos a dormir, pero yo decidí sacar una gaseosa de mi mochila, pero lo que vi fue un papel escrito con letras azules que decía: Gracias por todo Roger, ¡Feliz Navidad, te desea Milagritos!.
Al leerlo, al sonreír de felicidad me hice una pregunta: ¿Por qué no me lo dijo?....