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Yo también me enamoré de Santa Rosa
El absurdo monólogo de un parroquiano a su puta canonizada por la vida.
Esto no es un sacrilegio. Es la declaración a una santa que hoy es más
humana.
El culpable es David Gavidia
La encontré sentada observando la gruta de adobe. Parecía rezar, quería salvar sus pecados. Aquella que la hicieron santa entre las putas. Su única virtud fue la de dar paz y ser buena en un mundo de malos y cafichos. Aliviar corazones de mendigos y dar placer con sus movimientos de culebra sedosa, indomable y venenosa.
Se llamaba Isabel y no era santa. La canonizaron después gracias a sus besos de virgen y por andar con pecados concebidos. Nunca vivió para Dios, solo para ella. Y así la encontré, en su hora final, arrepintiéndose de sus actos, golpeándose el pecho frente a la gruta de Rosa, la bella santa de Lima. Fue un 30 de agosto. Y, cosa rara, me enamoré de ella
al pie de la efigie. Nunca debió pasar. Ella también lo supo. Ambos nos negamos. Total, el amor entre dos eslabones rotos, no encaja en la cadena de la pasión.
Rezamos juntos sin estarlo. Y luego caminamos de la mano sin notarlo. Corta, así se puede definir la historia. Una oración, ningún beso. Una caminata fue suficiente para no olvidarla. ¡ja! Y todo pasó sin darnos cuenta. Pero ella no contó con que éste su nuevo parroquiano jamás olvida, que recuerda y que tiene la filosofía de vivir de las nostalgias, de aprender de cada lectura del ayer. No. Así no se puede seguir. Ella, mujer de momento, se perennizó como santa en mi memoria. Y se llamaba Isabel, pero le decían Rosa, su nombre de guerra.
Yo también me enamoré de Ti, Rosa de Lima… Lima lejana…
Me dijo que era dulce y guapa, candente y –sobre todo- actriz. Jamás quise creerle, pero en sus 15 minutos de engaño solo quiso hacerme creer que podía ser su Dios (buscaba un cliente para su despedida). Y la muy puta me guiaba, luego de su oración por la calles del jirón, cruzar por el Cercado, ir por los recovecos de Lima. “Me Llamo Isabel, me gustan las flores y bañarme en Oliva”, dijo. ¡Cómo un mortal puede negarse!.
Imposible si su cuerpo era delgado y liso. Sus curvas eran llanas y creaba llamas. ¡Ay, Rosa de Lima!, “si hasta las suelas de mis zapatos te extrañan…. Vente conmigo, amiga mía”.
Ella rió. Se carcajeó. ¿Tan imposible es estar cerca a una santa?. Si, respondió. No es el precio, no es las ganas, es la vida misma, quiso decir, pero no se atrevió.
Corta fue la historia. Y se marchó sin un beso, ni una caricia. Jamás la encontré. Dijo llamarse Isabel pero le decían Rosa, entonces, siempre y desde cada rincón de Lima pienso en ella, en la santa que canonicé y en la bella que un día al pie de la gruta apareció para no volver. Te fuiste, Yo también me enamoré de Santa Rosa. ¡Va!, atropellos de la
vida. La oración de tu despedida no sirvió.
Meses después te vi en la esquina de tu adiós, tenias los labios pintados, pelirroja y minifalda. Observé, un nuevo parroquiano te llevaba a tu altar. Adiós amor… no, amén.