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A un amigo llamado Gregorio Samsa
Samsa confesaba a mis ocho años de vida la gran aflicción de su ser, su gran acoso existencial que tales como el alemán Richard Von Krafft-Ebing o el austriaco Sigmund Freud hicieron una serie de postulados sobre ello, sobre la homosexualidad.
Escribe Miguelángel Quiroga Tavera
Digamos que su nombre era Gregorio Samsa, pese a no tener mucho en común con aquel personaje Kafkiano de La Metamorfosis, pero que una vez terminado aquel libro se sentía como tal, como Gregorio Samsa.
Su ermitaño corazón me confesó ello aquel día en que mi mamita se hallaba trabajando. Yo apenas pasaba al tercer grado de Primaria, pero aquel día era domingo y tuve la suerte de que una vez más este alicaído amigo me cuidara.
Mis precocidades nunca le molestaron. Siempre supo cómo llamarme la atención por alguna travesura propia de mi edad y enseñarme con paciencia su sapiencia adquirida. Pero casi siempre, en las jornadas en que me cuidaba ponía al descubierto aquel defecto que unos así lo consideran y otros lo definen como virtud. El amigo Samsa no sabía mentir, y tal vez por ello, y muy a pesar de mi edad, notaba un brillo en sus ojos incapaz de poner a un señuelo que me convenciera de que estaba bien.
Aún así y aunque parezca ridículo, Samsa confesaba a mis ocho años de vida la gran aflicción de su ser, su gran acoso existencial que tales como el alemán Richard Von Krafft-Ebing o el austriaco Sigmund Freud hicieron una serie de postulados sobre ello, sobre la homosexualidad.
Recuerdo que en ocasiones, Samsa improvisaba monólogos hermosos sobre la heterosexualidad de Adán y Eva, sobre la aceptación de la homosexualidad en la sociedad griega, la tolerancia de ella en el imperio romano y la condena absoluta en sociedades contemporáneas como la nuestra.
Samsa se perdía en textos orientados hacia la Biología o la medicina. A veces en sus monólogos hablaba de cromosomas y genes, de sexualidad y de la infancia, de la figura paterna y de la convivencia con seres femeninos, pero donde más se exacerbaba en sus discursos era cuando hablaba de Dios y de la Iglesia Católica.
¡¿Dónde está la costilla que extirpaste de mi, irresponsable creador?! ¡¿Dónde está?! Gritaba entres sollozos. ¡Acaso soy Eva! ¡Acaso soy Adán! ¡Si esta es la fisonomía de un hombre por qué me dicta el sexo el sentir de una mujer! ¡¿Por qué el falso discurso de amaos los unos a los otros si tu propia iglesia nos tilda de inmorales?
Y siempre, o mejor dicho casi siempre, finalizaba el monólogo diciendo con la voz entrepartida y jadeando en algún lugar de la habitación: ¡Oh mezquino padre mió, ni siquiera diste líneas en tu Biblia para que un ser como yo pueda formar parte tuya. Tú eres igual que ellos, tan mezquino e impío, tan varón y tan mujer, tan infierno como tierra, tan dios padre como dios hijo. Yo te condeno y me exilio para siempre… de tu corazón!
Yo en mi inocencia de infante, finalizado el discurso, ponía fuertes las palmas de mis manos y aplaudía al orador. Samsa por su parte, fiel a su filosofía altruista, se dejaba conmover con la ternura de un niño para abrazarme y decirme mientras acomodaba mis cabellos: Cuando seas mayorcito y veas que un hombre se enamora de otro hombre al punto de que puedas leer y descifrar en las comisuras de sus labios el tan ansiado deseo de poder estar con él, no te burles de este hombre amiguito, porque si bien es cierto todos somos diferentes en la manera de pensar, de hablar, de vestir, de besar pero imagínate que el tabú en nuestra sociedad sea de que un hombre pueda estar con una mujer ¿Cómo te sentirías? ¿Vació? ¿Impotente? Estoy seguro de que así te sentirías, pero no te preocupes, tú si podrás amar a alguien sin que te juzguen o marginen, puesto que estoy seguro de que ese alguien será una mujer tan tierna y tan hermosa como tú.
Pocos meses después de ese último monólogo, Samsa fue llevado al servicio militar. Allí permaneció alrededor de año y medio. Pero a los pocos días de su regreso la fatalidad llegó a casa de los Samsa. Gregorio Samsa había decidido acabar con su problema existencial. Se había suicidado en la bañera. El gillette en sus venas fue lo que le daría la paz y el terminar con aquel remoto deseo de poder amar a un hombre en una sociedad como la nuestra.
Ahora tengo 21 años y he tratado de que la vida de Gregorio Samsa no sea en vano. Por ello es que le rindo este tributo; esperando esté donde esté que haya encontrado la paz, puesto que cada día me he empeñado en ser lo que él quería que sean todos, ni tan hombre, ni tan mujer, ni tan heterosexual ni tan homosexual, simplemente ser un completo ser humano.