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La mudanza
Correspondencia ajena (intimidad al descubierto)
Un recuerdo que vale la pena llorar… previa burla. Dedicado a los que alguna vez abandonaron un lugar especial.
Una misiva de David Gavidia
Días previos a la mudanza pasaron dos cosas muy raras. El miércoles anterior a la partida, la puerta se atoró con mi llave en la chapa. El recurso más animal me hizo patearla hasta que la muy cabrona se abriera. Nunca ocurrió, todo lo contrario, se atascó peor. Me quedé parado en el amplio pasadizo de la casa de Habich mirando como aquella puerta de fierro se negaba a dejarme salir, tres días antes del adiós definitivo. Fue raro, una mezcla de furia por escapar, las ganas locas de largarme de ese lugar donde había pasado –por más trillado y cojudo que suene- los mejores años de mi vida. Sí, parece un bolero. Pero sucedió así. Tuvieron que traer un cerrajero para que pueda salir de la casa, donde en el primer piso funcionaba un local de fiesta tropical y con el azaroso nombre de Los claves, sí, yo vivía allí. Tenía 7 años cuando llegué y 20 cuando me fui. Y claro, la puerta no me quiso dejar salir…
El segundo acontecimiento extraño ocurrió el domingo siguiente. Ya con la casa vacía y habiendo pasado la primera noche en la otrora guapa, otoñal y colonial casa del Rímac, donde me había ido (así lo creía en aquel momento) a vivir para siempre, cumpliendo sin querer con una vieja promesa a un nostálgico amor. Sí, al primero. Claro, ese que nunca se olvida. En fin. Este segundo suceso fue de la siguiente forma: domingo, 4pm. Llegue con la mochila llena de ropa deportiva para jugar el típico partido dominguero a las 5 de la tarde en la Huaca Palao, en Ingeniería, mi barrio. Ingresé a la casa vacía y las marcas de los muebles desinstalados se reflejaban con el sol de marzo, que entraba por las ventanas en aquel segundo piso. La mugre de la mudanza permanecía y los pasos hacían eco. ¡Cloc!, ¡Cloc!, sonido de mierda… era como el muerto recogiendo su andar. Ingresé al que fuera mi cuarto y vi las paredes manchadas por la cinta adhesiva, señal de los antiguos póster que adornaban mi habitación: todos de Universitario de Deportes, mi equipo. El caso es que fui a jugar y por la noche, sucio y con las rodillas llenas de sangre –las caídas también hacen recordar que las “partidas” son dolorosas- al querer ingresar por, esta vez era en serio, última vez a mi ex casa, no pude. La llave, misteriosamente había desaparecido. ¡Y siempre estuvo en mi bolsillo! Cosas raras de la vida. La penúltima vez, la casa no me quiso dejar partir, ahora, resentida, no me quiso dejar entrar. Perdí la noche en buscar una llave de repuesto -regrese al Rimac sin mochila y sucio- para retornar a Habich de la misma forma a sacarla. Dentro se guardaba mi ropa y obvio, los utensilios de limpieza. Me sentía un reverendo huevón. Juro que quise llorar de rabia. No había otra forma de desahogarme. De un día a otro me anunciaban que dejaríamos la casa donde había aprendido a vivir, donde me formé, donde tuve mi primera borrachera, una decena de cumpleaños, los primeros besos y roces, los primeros puchos y lagrimas de desamor, la furia del error, las alegrías de la existencia. Las lisuras derramadas y ¡va!… Lo que uno a veces cree: la felicidad eterna acompañada del desequilibrio juvenil, las eternas ganas de sentirse inservible, sufrir los domingos y querer matarse por el simple hecho de querer dejar de existir. De un día a otro, se dejaba todo. Se podía partir.
Lo más triste de todo aquello no solo fue lo violento con que se dieron las cosas, sino dejar atrás a los amigos. E ir a un barrio donde no solo no quería, sino, irónicamente amaba a la distancia por una vieja relación: 11 años de mi vida estudié en aquel distrito. “Vivo en San Martín, pero soy rimence de corazón”, solía decir. Las cosas ahora habían cambiado. Y cómo duele abandonar lo querido, el barrio, dejar ir lo que uno sabe no se debe permitir escapar, pero lamentablemente la conciencia pesa sobre el corazón y la razón te hace decir: correcto, es hora de decir adiós, aunque joda.
La mudanza duró 15 días y despedir cada mueble era como observar el paseo un féretro. Cada pieza se iba, se despedía e iba a un nuevo lugar. Así hasta que la casa de Habich quedó vacía, desde la cocina hasta mi cuarto. No quedó artefacto alguno en los días posteriores. Y aquella última vez que pisé el segundo piso de Los Claveles fue triste, lo repito. Y es que la mudanza significa dejar partir un pedazo de vida, un poco de alma. Deshacerse de lo que alguna vez fue. Aquella vez lo definí como un estado de putrefacción de los recuerdos, mientras apagaba el interruptor de mi cuarto y ya con la mochila en el hombro cruzaba el pasadizo para llegar a lo que fuera la sala-comedor, decir adiós y cerrar la puerta de madera del segundo piso con un soplo helado en el corazón. Luego bajar las escaleras y buscar desesperadamente la puerta de fierro, la definitiva. El encuentro se produjo segundos después, era el enfrentamiento entre lo gélido del metal y lo destrozado del corazón. No hubo dramas, la puerta se abrió y se oyó un “hasta luego”. Fue el adiós a los recuerdos, los mismos que quedaron atrapados merodeando en lo lúgubre del viejo departamento. A estos sí no los dejaron salir, se convirtieron en eternos reos de nocturnidad. Nadie pago su fianza y quedarán pagando cadena perpetua, dormidos, anestesiados.
PD 1: Mi estancia en el Rímac duró 6 meses. Pasado ese tiempo volví a mi barrio, no a la misma casa. Las mudanzas siguieron en mi vida: tres en siete meses.
PD 2: La presente misiva fue creada por el siguiente motivo: el pasado 23 de septiembre un amigo del barrio realizó la recepción de su boda en Los Claveles. Ironías de la vida, para ingresar a la recepción en mi antigua casa me pidieron invitación y estar vestido de gala, a lo que respondí: “Tira de pendejos, antes entraba tirando muro y calato, así que no jodan y déjenme entrar”. ¡Ja!, la puerta se abrió de inmediato. Abrase visto caracho…