Uno de los más importantes grupos de literatos recorre bares y burdeles. Hacen de la prosa un desfogue rabioso.
Escribe Eloy Jáuregui
El bar es el templo de las melancolías, esa prostituta del recuerdo. Las ciudades sólo tienen alma si es que poseen bares. Ahí se halla su registro de ternuras y su canon de pasiones. Los limeños a partir de los cincuenta, casi todos, fueron pasajeros en algún momento de su vida de El Palermo, de La Colmena Izquierda en su cuadra once, fue aquella vicaría de la bohemia y el contrapunto intelectual, entre el aserrín y la noche interminable. El café bar entrañable donde los hombres y las botellas, fundaron la apasionada manera de vivir para la ilusión, los sueños y las utopías de la existencia perpetúa. De esto y de la travesía del Movimiento Hora Zero trata la crónica.
Lima entonces, era una ciudad que amanecía sus convulsos y digestivos años cincuentas. En aquel tiempo, la avenida Nicolás de Piérola, en el centro de la urbe y conocida por los lugareños como La Colmena ─antes que Camilo José Cela habitara en su propia colmena─, era un acrisolado bulevar donde la modernidad y la elegancia caminaban de la mano en medio de una arquitectura que se construya ante la imperiosa necesidad de establecer una urbe cosmopolita. En aquel entonces, Lima consolidaba una identidad urbanística única. Y sus gentes eran esos limeños que se paseaban por esa Colmena Izquierda ─llamada así desde la Plaza San Martín hacia los rumbos del Este─, pasmándose cada día con los nuevos establecimientos de luminosos escaparates, los flamantes restaurantes de neón, sus estrenados cafés de espejos centelleantes y todos sus rostros y todos sus personajes y todos sus sonidos.
Poeta Enrique Verástegui
Al llegar al Parque Universitario ─frente a la antigua casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos que le había otorgado ese título─ estaba situado un edificio de seis pisos de rasgos adustos. Era el hotel Colmena en la mismísima; hospedaje obligado para los inéditos limeños de nuevo cuño, habitantes precisos del estrenado tiempo de la creciente capital peruana. En las amplias tiendas del primer piso del hotel y gozando de cierto prestigio ya, el Café y heladería Palermo era parada necesaria para hacerse de una legalidad y prez ─-exigencia propia que la quisquillosa Lima solicitaba a sus coterráneos-─, amén de un momento de contrapunto social y unos cremosos helados, más para el espíritu que para el propio cuerpo.
Los inmigrantes italianos que llegaron al Perú desde el siglo pasado y masivamente después de la Segunda Guerra Mundial, se distinguieron en Lima por establecer sus comercios con aquellas esencias de su fibra peninsular: las pastas y facturas, las helados escrupulosamente batidos y por cierto, sus panes y pasteles generosos. La familia Cocchella era de la zona norte de la península italiana, gente trabajadora pero ocasional. El padre de los Cocchellas había llevado con esmero el negocio del Palermo y el hotel, pero sus intereses mayores estaban puestos en la industria metálica. En el verano de 1950, el respetable señor Cocchella, agotado de tiempo, coloca muy a su pesar un aviso en la vitrina principal de la cafetería: Traspaso tienda, precio moderado. Y esa ya es otra historia.
Tulio Mora
Shinjo Kuniyoshi y su esposa Matsu Arashiro, después de observar con sosegada calma sus primeras 24 horas que pasaron en Lima aquel año de 1929 y luego de la travesía inenarrable de 58 días que los trajo desde Okinawa en el Japón, tomaron la decisión más trascendental de sus vidas: aquí nos quedamos, se dijeron y los dos agregaron sólo con el pensamiento y la mirada en ese mismo instante: hasta que la muerte nos separe. Dos hijos habían quedado en Okinawa, dos hijos que luego murieron en la gran guerra y que nunca volvieron a ver a sus padres porque don Santiago había prometido, al cabo de cinco años, regresar en mejor posición económica. Y desde ese mismo día en el Perú, el joven señor Shinjo pasó a llamarse Santiago y la joven señora Matsu tomó por nombre el de Margarita, ambos flamantes vecinos de las rumorosas y festivas calles porteñas del Callao.
Sérvulo Gutiérrez cuando no pintaba
Antes, muchos años antes, otras familias okinawenses se habían establecido no solamente en Lima sino a lo largo del valle del Alto Rímac al centro, en las valles de Chancay al norte y Cañete al sur. Casi todos, trabajaban en las duras y fatigosas faenas campesinas. Los que se quedaron a vivir en la capital, al principio como pequeños comerciantes ambulantes y ayudantes, se repartieron con familias y amigos, en los barrios del Cercado, La Victoria, Breña, Rímac y los Barrios Altos. Pero para ese entonces, los años cuarentas, ya se habían hecho de pequeños negocios, básicamente la conducción de reducidas bodegas, peluquerías, bares y cafés.
Los Kuniyoshi no tardaron en fundar una encomendaría, especie de breve almacén, en la industrial y transitada Plaza Unión a donde se habían mudado con el fruto de sus primeras ganancias. Para Santiago Kuniyoshi, luego de los ingratos sucesos de 1940─1945 y que los afecto de sobre manera, la tienda no le fue ajena. Muchos de sus paisanos, convertidos en expertos comerciantes y luego de administrar el reconocimiento general por sus sacrificios, esfuerzos y superaciones propias, no dejaron de apoyar a la emprendedora familia Kuniyoshi que ya para esto había ido creciendo, también generosamente, con el nacimiento de diez hijos.
