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De Vallejo a Queirolo...

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By admin - Posted on 28 April 2005

La calle de Quilca.

Humilde crónica de nuestro actual editor, David Gavidia. Sobre la primera vez que se aventuró dentro de nuestro boulevar de la cultura en sus épocas de novel estudiante, siendo este uno de sus primeros trabajos en crónica, y a mi parecer uno de los mejores que ha logrado hacer hasta ahora.

Escribe Alonso David Gavidia Castro (Mayo-Jun 200?)
Fotografías de Miguelángel Quiroga

Caminando por las calles del centro de Lima sentí un olor a tradición, no dudé en detener el paso y sentarme al lado de una mulata espectacular, una pizarrita de “Inka Cola” me brindaba el suculento menú: “Porción de anticuchos, un nuevo sol”. Acomodado ya, comprendí el comentario de mis vecinos comensales, tenían razón “aquella morena tenía más trastienda que un bodegón”.

Encantado quedé, y no estimado lector por la trastienda, un sueño se me hacia realidad... ¡Cenar con César Vallejo! Sí, lo vi, en su pose habitual, mano sobre el mentón y mirada perdida (aunque medio bizco). Sonreí al verlo retratado inmenso en aquella pared ¡Ocupa toda una esquina!, ¡Te da la bienvenida! Y parece recitarte de manera “cachacienta” que está hecho de piedra negra sobre piedra blanca. Pregunté a la mulata, así como quién no quiere la cosa, ¿Cómo se llama ésta calle? ella devolviéndome la mirada respondió: “ésta es la calle de Quilca” . No dudé un instante, el boulevard y porque no la morena, me daban la bienvenida.

Estás en la segunda cuadra, es chiquita, 50 metros no más, sigue de frente y verás la noche de lima, antes pasarás por el Queirolo, ¡ten cuidado!, hay mucho loco y borracho por allí”, dijo la mulata de nombre Maritza. “Te invito un vinito que haga juego con tu piel”, quise decir, pero el desaire era inminente.

Pagué el sol y aún con ese sabor tan limeño y tan “anticuho” en mi boca, me puse de pie y di el primer paso a ese nuevo mundo, el de la contra cultura, el de Vallejo y Queirolo, el de la bohemia y el trago de “luca”. “Pie derecho, pie derecho” pensé, y ya estaba en avanzada.

Una mirada rápida a aquella pequeña cuadra y noté que los faroles amarillos se encendían, la noche nos tomaba por sorpresa y la mini aventura se prestaba para encender un cigarrillo. Recordé a un amigo y su frase célebre al darle la primera piteada “A mi me han dicho que David la lanza y no la pone, que es lo peor de todo” sonreí. Había llegado la hora de lanzarla y ponerla, que es lo mejor de todo. Y fue así que me lancé.

Pronto me hallé dentro del bien llamado “Boulevard de la Cultura”, tierra de piratería y la literatura, sus amplios pasadizos llenos de clásicos y contemporáneos, de mitos y leyendas “Todo baratito amiguito pa' que lo lleves...” decía una doña a un joven, preguntando por el “huerto de mi amada” de Alfredo Bryce Echenique, tal vez el más pirateado y más vendido en aquel lugar. Un teatrin al final del corredor mostraba a un joven poeta en plena declamación, mientras un espectador, en su silla plegable, leía atentamente “¿Quién se ha llevado mi queso?”.

Salí del boulevard y el frío en la calle, ya era de temer. Al lado, una casona vieja hacía las veces de librería antigua, “Todo x un sol” decía un letrero, libros de fotografía, de cocina criolla, de derecho penal, la historia completa del Perú hecha por Basadre, biografías, diccionarios, Atlas, en fin libros de mucho valor y poco precio, para muestra un botón: “Utopía” de Thomas More, primera edición en castellano . “Ocho soles joven, ya llévatelo a siete y no se diga más”.

Partí de aquella covacha de 3 x 10, agradecí a Dios de no haberse caído el techo en mi cabeza, y en esas andaba con Padre nuestro y todo, y ¡Oh! Señor líbranos de todos los males, pues el Averno estaba frente a mí. El pecado me llevó a él. Crucé la pista, toqué la puerta esperando me abriera Caronte y ser guiado por algún Virgilio por aquella casona de quincha y adobe, pero nadie hizo caso, mi hora aún no había llegado. Me contenté con observar la pared inmensa de aquella casona multicolor, que nos muestra deseosa su niña de la lámpara azul, sin tul, hecha toda una vedette para diario chicha. La cantina de al lado todo un espectáculo: chela o ron al ritmo de una canción y llorosos los ojos de algunos borrachazos, mientras un niño con peine y chapita en mano termina una canción de amor. ¡Por ellas hermanito, por ella!, ¡Salud!

En Quilca la música tiene un lugar especial, el verdadero emporio del rock nacional, encontramos lo más destacado y lo más “subte” de todo el Perú, donde un tipo llamado Galicio te puede atender, embriaga y culturizar con esas producciones de Leusemia, Rafo Ráez y los paranoias, La Sarita, Ni voz ni voto, Uchpa, Campo de Almas, entre otros se me presentaban en cada puesto de CD's.

Como típica calle limeña el olor a berrinche no me sorprendió, la basura en la pista no me impactó, mucho menos aquel maricón que me gritó “¿Cuándo nos metemos un reventón?”. Las paredes inundadas de graffitis, propagandas políticas, mensajes a la conciencia y demás. No faltó el vendedor de libros de parasicología, ni la seudo gitana que me quiso leer el tarot, “No gracias señito, pero no me lance una maldición.”

Turistas entran y salen encantados de tanto desorden e informalidad, diciendo un no sé qué en su inglés frígido y castellano masticado. El perro del barrio pasea por allí, con su bolsa de huesos en el hocico, se recuesta bajo un puesto de postales y estampillas para protegerse de la tenue garúa que azota Lima, mira celoso si algún congénere hambriento o un loco vendrá a disputarse su cena con él, y yo, cruzo por el puesto de un vendedor de monedas y billetes antiguos para al fin llegar al otro extremo del nuevo mundo.

Llegué a Queriolo, casona vieja de amplios ventanales y telarañas, posada de poetas, escritores, políticos y actores, turistas y limeños, locos y cuerdos, parejas y solteros. Me provocó su mitológico vino, deseé no estar solo. Decidí lanzarme. Dudé. Las dudas matan, recordé. No entré. El olor a viejo me llamaba, me invitaba a ingresar, pero solo, ni hablar.

Pronto las palabras llegaron a mi mente “Te invito un vinito que haga juego con tu piel” , volví la mirada, di el primer paso decidido y volví a buscar aquella diosa de ébano que abrió un nuevo mundo para mí, un mundo de novela, un mundo de historia, un mundo de comedia y tragedia; el mundo delimitado por Vallejo y Queirolo, por la poesía y la bohemia... el mundo de la contra cultura, el mundo de Quilca. Iré y volveré con musa en mano como Dios manda y con voz en cuello gritaré : “¡Señor mozo! Traiga un vino pa' celebrar que una nueva historia está por comenzar...”

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