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Adiós, melancolía
Correspondencia Ajena
Para aquellos que se marcharon. Para aquellos que dijeron adiós. Esta columna toca un tema universal: las despedidas, el sentimiento más noble.
Para lo que supieron decir adiós.
Escribe David.
Ilustración: Lucemar de Souza
En los últimos días, y porque no, en los últimos meses, la palabra despedida resulta un término frecuente. “Todos se van”, suele acompañar la frase. Y siempre un halo de melancolía inunda el momento. Pero, como para bajar las tensiones, se suelta con ironía un “pero todos vuelven” que alegra la tristeza, que hace menos dolorosa la partida.
Pero ¡vamos, por qué tanto preámbulo!. Para ser sinceros y haciendo matemáticas simples: en los pasados 7 días asistí a 3 fiestas de despedida y un funeral. Dije cuatro veces adiós y brindé palmadas y besos a quienes decidieron ir a mejor vida. Incluso en uno de mis sueños me vi partir. Una enorme ola me tragaba. ¡Increíble!, observé mi propia muerte. Entonces, uno que está en la cúspide de su vida se pregunta: ¿vale la pena abandonar todo y comenzar de nuevo?, partir de cero para enrolarse en el ejercito de salvataje de una nueva existencia o, es simplemente un principio de incertidumbre. En fin… divagar no vale la pena.
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Justamente, hablando con uno de esos amigos que decidieron partir encontramos una respuesta conjunta: no es dolorosa la partida, es el simple proceso de saber que te vas y no poder hacer nada para remediarlo lo que hace más triste el adiós. Las parejas cuando rompen suponen que deben regresar, el tiempo termina por darles la contra. Los viajeros cuando parten, intuyen que no volverán, las experiencias terminan por confirmar su intuición. La propia muerte resulta ingrata pero es la más franca, sabes que te vas para no regresar. No tiene complejos en ocultar tu existencia y refregarte en la cara que eres mortal. Las lágrimas siempre acompañan el instante y se suele maldecir el momento.
A modo personal, detesto las despedidas. Odio los aeropuertos, evito los entierros. Es tomado como un acto de bajeza el no despedirme, dar la espalda y decir: “seguro nos volveremos a ver”. Nada más falso, la peor forma de arrugar la tristeza es inventando frases cursis y metódicas. “Envías fruta”, es una clásica. Por qué ocultar los sentimientos entonces, por qué hacerlo con una sonrisa fingida, los ojos enjuagados y la voz entrecortada. Sonreír es el acto más puro y sincero, pero se marchita cuando se fragua para apaciguar un tumbo en el corazón, un tirón en los nervios, una patada en los huevos. Duele marcharse y hay que aceptarlo. No seamos maricones y lloremos ante la partida. Y es cierto, duele saber que ya no estará (s), entender que se fue. Imaginarte sin ella, saber que tu vida se acabó en él. Por que es cierta la frase esa: “una parte de mi murió contigo”. Ridículo, tal vez, cierto, en su totalidad. Se muere parte de la vida con un adiós, las nostalgias son almas en pena que buscan un rincón para llorar, un bar para beber y en el peor de los casos un prostíbulo para encontrar caricias fingidas que ayuden a superar la marchita ida.
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Esta columna, sin sentido para muchos, nada coyuntural para otras, es sin duda una dedicatoria a quienes se marcharon y se irán en el año que esta pasando. El 2006 fue el año del adiós. Se hizo más sentido cuando entré en conciencia que la única forma de encontrarme con la gente que quiero es en funerales. Si pues, la forma más digna de encontrarse cara a cara con la eterna despedida. Y de paso sentirse más viejo. Aunque la vejez no siempre esta relacionada a la muerte, a la partida, que es una forma de crecimiento de dos personas o más, pero que siempre debe ser llevada con estoicismo hasta el final. Total, las despedidas siempre duelen y el dolor es parte de la vida. Entonces, qué vengan más despedidas que siempre habrá vino para brindar y ojos para llorar.