Momia, ¡bienvenida a la familia!

La familia Chumbimuni encontró una momia en Pacchapata, cerro del distrito de Palcamayo, situado en Tarma.

Texto y fotos de Rosa Evelyn Nuñez

Luego de convivir cinco meses con ella, la entregaron al INC Junín. Pero lo más asombroso es que el hijo menor de esta familia asegura haber tenido revelaciones en que la momia le cuenta quién fue en vida. ¿Es posible comunicarse con personas de otro tiempo? Esta historia, dice que sí.
‘Pedrito’ tiene las manos en la cabeza como quien no comprende la razón de tanta ceremonia. Está apoyado en una mesa con bocaditos, siendo casi obligado a posar para las fotos. Viste un poncho y usa un sombrero de paja. Valentín Chumbimuni, el dueño de la casa, se ha puesto a su costado para que ambos sean retratados. Extrañamente, ninguno sonríe.
‘Pedrito’ no es famoso en el distrito de Palcamayo, pero hoy todos quieren estar con él. Le hacen pedidos, le regalan flores, le ofrecen cigarrillos. Es el mejor huésped de los Chumbimuni. La frialdad y rigidez de este caballero les resulta atractiva, no les importa que no esté vivo o peor aún, que tan solo sea una momia.

Mamá: la momia me habla

Ceremonias como ésta se repitieron en los cinco meses que ‘Pedrito’ estuvo en casa. No sólo consiguió una habitación en el segundo nivel, sino que logró desalojar de la suya a Luis y Henri, los hijos de Valentín que dormían juntos. Se encariñaron tanto con el escuálido ’Pedrito’ que le daban coca, vestido, pero también habían ratos de contemplación, de ofrenda, y otros –aunque muchos no crean–, de comunicación.

El elegido fue el más pequeño de los Chumbimuni. Luis, un adolescente de 15 años, empezó a enterarse de quién era la momia y de dónde había salido. Por las noches, ‘Pedrito’ ingresaba a sus sueños. Vestía una túnica larga de color marrón, una correa tejida, ojotas y mascaypacha. Era un joven que no llegaba a los 25 años y que pertenecía a la época Inca. Eso dicen las revelaciones de Luis. Su morada estuvo en Choquemarca, pero fue muerto en una de las laderas del cerro Pacchapata, ambas zonas preíncas de Tarma. La vasta información hizo que Luis no contara lo sucedido a sus amigos, pensaba que le dirían loco.

Varias semanas faltó al colegio. Sólo se concentraba en las imágenes de ‘Pedrito’ comunicándose con él. Veía a su propia alma despegarse de su cuerpo dormido. Miraba descansar a su hermano Henri y luego escuchaba las historias que la momia tenía para él. Una noche, ‘Pedrito’ le contó cómo había sido su muerte. En palabras de Luis, la momia fue un sirviente que arreaba los caballos y cargaba las cosas de hombre anciano. Un día, cuando viajaban de Choquemarca a Pacchapata, éste murió y el siguiente en cerrar los ojos tenía que ser ‘Pedrito’. (Así rezaba una antigua costumbre que hablaba de la relación entre los patrones y sus subordinados). Entonces, tomaron las pertenencias de ‘Pedrito’ y las introdujeron en una especie de nicho elaborado a base de piedras o una sista, como es llamado por los arqueólogos. La momia habría muerto así, asfixiada entre sus quejas y con una laja encima que terminaba de cubrir su tumba. Una muerte sufrida de la cual hablarían esas manos sobre su cabeza, que aparecen como un signo de dolor.

Luis me contó esta historia en una de las bancas de la plaza de Palcamayo. Es un jovencito de gran memoria, con la cara larga y unas prematuras arrugas en la frente. Son las huellas que el sol de la sierra deja hasta en las pieles más lozanas. Al principio, no quería hablar del tema, pero luego narró cada detalle de esa convivencia familiar con la momia. Hablaba con voz de otra persona, un timbre misterioso como aquellos que tienen los varones en la pubertad. No hacía pausas y si era interrumpido no olvidaba su última frase: su relato era como una revelación perfecta o una historia bien aprendida. 

Visitando al ‘abuelo’

“Dos onzas de coca, una cajetilla de cigarrillos marca Inka, una botella de caña y tres frutas”. Esos eran los ingredientes que yo tenía que comprar, según doña Flor Chumbimuni, madre de Luis. Nos dirigíamos a los cerros que esconden vestigios o a las ‘casas de los abuelos’, como ellos llaman a los antiguos habitantes de Tarma. En este caso, me iba a enseñar de dónde había salido ‘Pedrito’.

Según la creencia, el ‘abuelo’ puede cumplir deseos, pero también puede causar enfermedades. Es un ser al que se acude con curiosidad, pero con respeto. Esta vez, los Chumbimuni no iban a pedirle milagros, sino a agradecer que Valentín, el padre de Luis, haya llegado bien a los Estados Unidos. (Hacía unos minutos, Flor recibió la llamada de su esposo, desde Utah, confirmándole que ya pisaba tierra gringa).

Este hogar, como muchos en Palcamayo, solo vive del comercio de las hortalizas que cultiva. En su vivienda cuelgan los choclos secos de los techos y la espinaca está regada en el suelo. Los vegetales que producen son transportados todos los fines de semana a Lima, al mercado mayorista de La Parada en La Victoria. Pero el dinero que se gana no es suficiente. Por eso Valentín reunía dinero para lograr el sueño americano, aunque su familia prefiere creer que fue el ‘abuelo’ y no el esfuerzo, lo que hizo que Valentín saliera del país.

La casa de ‘Pedrito’ era una especie de cueva situada en las faldas del cerro Pacchapata, camino a San Pedro de Cajas, de allí que la cercanía con ese lugar, hizo que los Chumbimuni bautizaran a la momia con ese nombre. Lo que seguía era la ofrenda. Primero se esparcen las hojas de coca en la tierra, luego se introducen los cigarros prendidos en las paredes del cerro. El ‘abuelo’ fuma hasta que el cigarro se vuelve colilla. Después se vierte la caña y, por último, cada uno de los visitantes frota los frutos por su cuerpo, como haciendo una especie de limpia. Más tarde, nos acomodamos en las piedras para sentir ese mentol en la lengua, producto de las hojas de coca, una pitada de cigarro y un buen trago de caña pura.

Este ritual ocurrió el 29 de julio del año pasado, pero fue similar al que hicieron ellos solos el día que encontraron a ‘Pedrito’. Mientras unos descansaban, los otros buscaban en el interior del apu. Modesto Vílchez, uno de los familiares, sintió algo sólido en la tierra y excavó hasta hallar una laja que la desprendió de su sitio. Era ‘Pedrito’ que traía una botella de calabaza, un cuenco, un colmillo de venado y tres alfileres de cobre. A partir de ese momento los Chumbimuni se llenaron de dudas y temores, así que volvieron a su casa para discutir qué hacer con la momia que todavía estaba en el cerro. ¿La bajarían?, ¿era legal tenerla?, ¿podrían enfermarse? Se hacían todas esas preguntas, hasta que decidieron ir por ‘Pedrito’ y hacerle un sitio en su vivienda durante cinco largos meses.

‘Pedrito’ podría ser mujer

Ver a ‘Pedrito’ envuelto en plástico y encima de una mesa hace que toda la magia de la creencia popular se desplome en un instante. “Primero lo hemos estabilizado: sus manos estaban más abiertas de lo normal, sus rodillas estaban mal ubicadas”, dice la arqueóloga Fabiola Fernández, única encargada de su conservación en Tarma. Ella no comprende los rituales celebrados por los Chumbimuni alrededor de la momia, para ella se trata, simplemente, del maltrato a un bien arqueológico.

Fernández trabaja en el Museo de la Cultura de Tarma y mientras conversamos, aparece un conflicto entre su conocimiento, aprendido en las aulas de una universidad y la sabiduría tradicional narrada por los Chumbimuni. Las frases de Fernández parecen desmoronar las revelaciones del pequeño Luis. Al parecer, los elementos del ajuar de ‘Pedrito’ corresponderían a la de una mujer y no a un varón, preinca y no inca. Fernández pone como prueba los objetos que se le encontró a ‘Pedrito’: Tanto el colmillo de venado como los alfileres de cobre eran usados por las mujeres de la época y no por los varones. Sin embargo, la arqueóloga da lugar a la duda y señala que todavía falta el análisis de antropología física, el cual, a través de un estudio de las caderas y del cráneo, se determinaría el sexo del individuo.

Fernández se entera del caso a través del Instituto Nacional de Cultura. En diciembre del 2006, un peculiar correo electrónico llegó a la Oficina de Comunicaciones: Informo hallazgo de una momia incaica. Es mi deseo cumplir con la entrega del patrimonio del Perú. ¿Acaso era una broma? Eso parecía, teniendo en cuenta que el emisor tenía solo 15 años. Era Luis Chumbimuni, que atormentado por las revelaciones que le hacía ‘Pedrito’ decidió por fin deshacerse de él. Entonces, la Dirección de Defensa del Patrimonio Histórico del INC coordinó con la sede Junín y el municipio provincial de Tarma. Empezaba así el rescate de ‘Pedrito’, pero también de una historia cargada de creencias, costumbres y mitos.

Based on: ManuScript | Optimized for Drupal :www.SablonTurk.com