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Reggaetón más que un complejo una pasión.
Del perreo al sexo hay un paso. El último sábado en el estadio de San Marcos se realizó el segundo festival del reggaetón en Lima. La Decana de América abrió sus puertas a más de 30 mil espectadores. Aquí una crónica de lo vivido unos meses atrás en el mismo escenario y el mismo festival. La pasión y el fin, fue mismo.
Escribe David Gavidia C.
Por pura curiosidad accedí a cubrir tal comisión. Imaginaba encontrar doscientas personas, un escenario hecho de tabladillos viejos con el eslogan de cerveza Cristal y un fondo que más pareciera pollada o concierto en fiesta patronal. Todo lo contrario. El organizador nos detuvo en la puerta del estadio de San Marcos, advirtió que había gente a doquier y que más seguro era que entremos con él, ya que más de 50 agentes de seguridad nos impedirían el pase.
En el túnel, un ruido. Una botella rota, un grito, una mentada de madre. Un pleito. Diez mocosos con pinta de pirañas se agarraban en el ingreso al campo donde se desarrollaba el concierto, que para imaginación mía seguía siendo una mega pollada. Error. “¿Dónde se dirige usted?”, nos preguntaron dos guardias de metro 90 de estatura. “A cubrir el concierto”, contestamos. Ellos sonrieron y pidieron nuestras identificaciones que nos acrediten como prensa. No las teníamos. El plan era terminar dicha comisión en media hora con fotos y todo para irnos a casa a descansar, por lo que estábamos desprovistos de toda documentación.
Pese a no verse mucho, alcancé observar que las graderías de oriente del estadio sanmarquino se hallaban repletas, allí miraban el concierto, al menos, unos 10 mil espectadores. La sorpresa fue enorme, pero no esperé que, después de lograr entrar sorteando la valla de seguridad, encontrara 20 mil personas más dañando el césped del campo. En total 30 mil individuos vestidos de gorra blanca con franjas azules, polos de fútbol americano con el número 34 estampado y en muchos casos short o pantalones anchos que con las bastas desilachadas y manchadas de lodo escondían las zapatillas desatadas, anchas y blancas.
La segunda y muchísima mejor sorpresa fue que, en lugar de un escenario prolijo en pobreza había, un dantesco cajón negro iluminado con espectaculares luces y cuyas medidas se acercaban a los 30 metros de largo y 20 de profundidad. En el escenario, parloteaba Mc Francia, emulando a sus pares de “Puelto Lico” e islas caribeñas.
Sexo a la deriva
Ya debajo del escenario notamos que éramos privilegiados al estar tan cerca de estrellas de barrio idealizado por su pobreza y su habilidad en el rapeo e improvisación. Detrás nuestro, 30 mil almas, entre niños, jóvenes y adultos movían las caderas, se desmayaban y tejían poses altamente sexuales. “Si veo a mi hija en esa vaina le saco su mierda”, decía el reportero gráfico que disparaba su flash con arrechante malicia. “Puta que la chibola esta buena”, recalcaba y corría tras la desmayada que, en su delirio se dejaba acariciar los senos por los paramédicos y defensa civil. “Están desde las 10 de la mañana para ser las primeras, no desayunan, no almuerzan, se desmayan y nos joden”, comentaba un amigo paramédico. A mi lado, un botellazo cayó, otro se estampo en mi cabeza y todos pedían agua. Difícil abastecer a los engendros que no tenían más el dominio de su pelvis, la misma que se movía pegada a glúteos jaraneros para arriba y abajo, al medio y punteo. Más húmedos no podían estar.
A un lado la cosa era peor, el negocio del licor iba en aumento y la cerveza por esas horas de la noche, que no llegaba al show estelar (Trébol Clan y Tito Bambino), se había agotado hasta en tres oportunidades. Ello, sin aumentarle las cajas de vino y las botellas de ron que habían logrado pasar por lo bajo.
“Me gusta el reggaetón por que me excita”. A un lado, Flora, que vive en San Martín de Porras abría la boca y acariciaba con la nariz la bragueta de su acompañante de baile, tras ella, Marcial, golpeaba sus nalgas y le gritaba “muévete pendeja”, la pose, muy porno sin exagerar, era nimia si la comparaba con el 69 - con ropa - que practicaba Andrea y Pancho en un rincón del gras, por esas horas, las 10 de la noche, ya se encontraba en escena Trébol Clan y Dj Joe. “¿Qué sientes?”, pregunté a la casi niña, aparentaba 14 años, “¡rico!”, contestó.
A lo lejos se iniciaba una bronca, más cerca un potencial homosexual se quitaba la camisa y a mi derecha una hembra (por su forma canina de vestirse) no me quitaba la mirada, acaso por el privilegio de estar en primera fila, protegido por una barrera de acero y resguardado por agente del 911.
“Suficiente”, le comenté al grafico que seguía disparando hacía una niña-mujer que invitaba malicia con su mirada. “Mamacita la cojuda”, exclamó y tomó la última foto, guardó su equipo y salimos del lugar.
Afuera las colas se habían terminado y los padres encolerizados preguntaban por sus hijos. “¿Está Rebecca?”, preguntaba uno, como si “la famosa de su hija” fuese reconocida a nivel nacional por sus dotes de baile. Lo cierto es que volteé y dije, “una delgada, de cabello rizado, nariz perfilada, blanca y camisa celeste”. “Sí”, contestó el otro. Entonces, el fotógrafo sacó cámara, enseñó la pantalla de su digital y mostró la imagen, “¿es ella?”, le preguntó y el padre ofuscado repitió, “sí”. “Tremenda pendeja”, respondió el otro y nos echamos a correr. El padre, sin remedio, nos tiró una piedra. “Mañana sale”, gritamos y, un día más tarde, fue publicada en portada de diario popular. Esta quedó graficada y perennizada; adentro del recinto, las pelvis y sus jugos se remozaban por la humedad, un eco invadía La Colonial y por la Universitaria se oía el rumor de los cantantes y su son, el que iba dedicado para el corazón, pero que se incrustaba de la cintura para abajo o del centro pa' dentro y en forma vertical. Casi una pose sexual.