José María Arguedas hubiera cumplido 95 años el pasado enero. Este es el testimonio de quien fuera su entrañable amigo y su más querido músico, el violinista Máximo Damián.
Una crónica de Eloy Jáuregui
José María Arguedas hubiera cumplido 95 años el pasado enero. Este es el testimonio de quien fuera su entrañable amigo y su más querido músico, el violinista Máximo Damián quien supo traducir aquella amistad aromada por la flor de retama creciendo al borde de las cumbres andinas. El escritor le dejó un testamento y el violinista lo acompañó hasta el camposanto entonando, ahogado en lagrimas, Agonía, ese huayno que los hizo vivir como hermanos y que los mató de tanta pena.
Tozudo y persistente, ahí está Máximo Damián frente a la eternidad pétrea de la tumba de su amigo José María Arguedas en la cobijadura del viejo cementerio de Lima empuñando su violín y repitiendo aquella melodía puquiana, Agonía, que tanto emocionaba a nuestro escritor. Ahí está Damián, solito nomás, como hace 34 años cuando lo enterraron a su hermano blanco entre sollozos y remordimientos, y aquel huayno ha vencido los rigores e la tierra del olvido y el músico toca en alumbroso rito la canción del afecto y lee y vuelve a leer esa frase inmortal cincelada en quechua y que en español dice: “Vive para siempre, José María Arguedas, 1911-1969” y su poncho de bermejo nogal lo abriga de alientos desterrando en su corazón los rigores de la omisión.
Desde aquella tarde de ese lunes del invierno limeño de 1952 cuando doña Tarcilla, la vecina del corralón, llegó apurada a contarle a tía Matilde que un tipo blanco y de traje oscuro estaba preguntando por él, Máximo Damián Huamaní ya no fue el mismo. El escritor José María Arguedas lo había ubicado en su casa de la avenida Sucre en Pueblo Libre porque le dijeron que ahí vivía aquel que iba a ser su amigo inmemorial, aquel, el violinista que hacía llorar a los chihuancos.
Y cuando observó su mirada profunda, Máximo pensó que a ese hombre de bigotes y ojos claros lo conocía de otros tiempos y en realidad jamás lo había visto. “Vamos”- le ordenó- acompáñame, los artesanos nos esperan. Así le dijo José María en perfecto quechua lucanino -nunca se hablaron en español- y Máximo lo siguió, siempre lo siguió, hasta aquella vez, ese terrible diciembre de 1969, cuando alcanzó a mirarlo detrás de los vidrios de la puerta de Cuidados Intensivo del Hospital del Empleado y José María se moría y Máximo también y, desde entonces, se fue muriendo a gritos y sin que nadie le explique por qué la gente buena se va de este mundo a confundirse con los himnos de los vientos que dejan sus ecos detrás de las nevadas montañas.
Esa noche, en la Casa de los Artesanos del jirón Cusco, Máximo tocó apenas tres huaynos de Lucanas -esa región de Ayacucho tan desgarrada de temores-, tres apenas, los suficientes para que solo lo quieran e hizo que José María Arguedas lo sienta suyo, como un pariente entrañable a quien consolaba su humilde violón, ese instrumento de maravilla, antes hispano luego serrano, igual que el arpa o la guitarra, tan andinos como el Qarwarasu, el Wamani, o el Apu mayor de los rucanas, tan vivos como la memoria de las melodías de los puquiales y los cantos de las cataratas de las tierras de cumbres celestiales.
Como afirmara Juan Cevallos Aguilar, Damián fue el músico por excelencia de un baile único en el mundo:
La danza de las tijeras (danzaks en quechua) es un baile masculino en el que dos ejecutantes, acompañados por sus respectivas orquestas de violín y arpa, danzan en turnos que forman parte de una competencia danzística. Cuando le toca el turno a un bailarín, este no solo repite los pasos de su competidor, sino también crea figuras más complicadas que deben ser superadas en el siguiente turno por otro bailarín. Para complicar más la danza, los danzantes manipulan en una de sus manos dos piezas sueltas de tijeras mientras bailan. El choque interrumpido de las dos partes de las tijeras produce sonidos parecidos a los de una campana pequeña.
Cierto, esta danza se ha ejecutado por cientos de años en los espacios rurales andinos de la región central del Perú. Alrededor de los años cincuenta, en un proceso sociocultural que ha sido denominado indigenización de la sociedad peruana, los migrantes andinos de los departamentos de Apurímac, Ayacucho, Huancavelica y parte de Arequipa introdujeron la danza a los espacios urbanos de la costa y especialmente a Lima. En un principio las presentaciones de los danzantes de tijeras estaban circunscritas a fiestas patronales de los provincianos en Lima. Más adelante, la danza de tijeras entró en un proceso de comercialización y se constituyó en un número imprescindible de espectáculos folclóricos diseñados para consumo del público costeño urbano y de los turistas extranjeros.
Máximo Damián es hoy profesor de violín de la escuela de folclore que lleva el nombre precisamente del escritor y donde el último 18 de enero le han encargado un homenaje, porque ese día es el cumpleaños de José María Argueda, y hubiera cumplido 95 años, y que emoción sentirá desde allá lejos porque en el santo de su amigo, Damián sabía que tocaba mejor que nunca y entre traguito y traguito y cantos que no entraban en los discos, la pasaban recordando la tierra, el olor a la siembra y los amaneceres celestes y el dulce ardor de los pellejos.
Pero Damián es más que un profesor, es un ser de redenciones, querencias y harawis intramusculares. Entonces cuando lo nombra, con es manera tan especial de entregar su corazón, dice: “El doctor José María era persona contenta. Qué cojudos aquellos que cuentan que era triste. Si todo el día contaba chistes, y le gustaba su pisco Vargas, y que bonito cantaba y se comía el Queso picca, que mi mamá Toribia le mandaba desde Ishua, en su panca, con su ajicito, ajitos y cebollitas”. Y cuántas veces José María le cantaba bajito el “Lorocucha” y cuántas veces le pidió que no lo llamara doctor. Pero Damián le respondía: ¿esta bien doctor?. Y para Máximo era siempre “el doctor José María”, el intelectual, el de los libros que contaban clarito las costumbres de la tierra, el enamorado de la música, los retablos, los tejidos, ese que hablaba como ninguno. Y frente a José, Damián era el violinista. Pero no cualquier violinista, sino el de José María Arguedas.


